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Pentecostés
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Pentecostés

Pentecostés

La solemnidad de Pentecostés se celebra 50 días después de la Pascua. En ella se conmemora que Jesús, muerto, resucitado y ascendido al cielo, ha sido glorificado por el Padre y ha recibido y donado el don del Espíritu Santo. Gracias al nuevo lenguaje de la unidad que nos ha regalado el Espíritu Santo, los diversos pueblos de la tierra han superado la confusión de las lenguas de Babel (cf. Gn 11), y ahora, pueden comunicarse y entenderse en la única y verdadera lengua común: la lengua del amor de Dios infundida en los corazones. Pentecostés tiene sus raíces en la antigua Fiesta de las Semanas celebrada por el pueblo judío (Shavuot: Éx 34,22 ). Es una de las tres festividades de las peregrinaciones judías, junto con la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto (Pésaj: Éx 15-20) y del recuerdo de su deambular por el desierto mientras moraba en tiendas provisorias (Sucot: Dt 16,13; Lv 23,34). Tenía un origen agrícola y religioso, pues celebraba la presentación en el Templo de las ofrendas de las primicias y el agradecimiento a Dios por las cosechas del año con el sacrificio de algunos animales, (cf. Dt 16,10). Más tarde, también se asoció la celebración de la Primera Alianza de Dios con el Pueblo hebreo; Alianza que fue confirmada mediante la entrega de las Tablas de la Ley o los Diez Mandamientos a Moisés en el Monte Sinaí. (Torá: Éx 34,28). Posteriormente, para los cristianos, Pentecostés se convirtió en la fiesta en la que Jesús, como nuevo Moisés, ha sido glorificado por el Padre, y ha recibido el Don del Espíritu en plenitud. Es la festividad que celebra que Jesús, Señor y Mesías, ensalzado a lo más alto de los cielos, comparte, infunde y graba en el corazón de los creyentes la nueva «Ley de la libertad» (St 2,12) o la «Ley de la gracia» (cf. Rm 7,6). Pentecostés es también la fiesta en la cual se celebra la institución de la Nueva Alianza divina con la Iglesia, que es el Israel de Dios (cf. Gal 6,16), y el inicio de su misión de anunciar que el Reino de Dios ya está presente en el mundo gracias a la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús. (cf. Hch 2,22-36). En la primera mitad del siglo III, Tertuliano y Orígenes ya hablaban de Pentecostés como una fiesta que seguía a la de la Ascensión. En el siglo IV, Pentecostés era ya una fiesta comúnmente celebrada en Jerusalén, como recuerda la peregrina Egeria, que proponía el tema de la conversión que la venida del Espíritu había obrado en los corazones de los hombres. En el Pentecostés cristiano ya no se celebra la vieja Ley escrita sobre la piedra sino la nueva Ley escrita en los corazones: «La Alianza nueva y definitiva ya no se fundamenta en una ley escrita en tablas de piedra, sino en la acción del Espíritu de Dios que hace nuevas todas las cosas y se graba en los corazones de carne» (Papa Francisco, Audiencia General, 19 de junio de 2019).

«Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse». (Hch 2, 1-4).

El tiempo de las comunidades cristianas que evangelizan

El periodo litúrgico de la Pascua no termina con la solemnidad de la Ascensión, sino con la solemnidad de Pentecostés, el día en que Jesús glorificado y exaltado como el Señor del Universo, ha enviado el Espíritu Santo sobre toda carne (cf. Am 5,18). Este Don divino gratuito ha llenado de energía y de valentía a los discípulos para ir «hasta los confines de la tierra», dando testimonio de Jesús resucitado y glorificado (cf. Hch 1,17). Podríamos decir que es precisamente con Pentecostés cuando los creyentes han comenzado a anunciar sin miedo y con gran parresía que las promesas de Dios Padre se han cumplido plenamente en su Hijo Jesús, y que ahora nos toca creer y convertirnos para ser sumergidos en el poder de su Santo Espíritu, o sea, para ser bautizados en esa Gracia de los tiempos mesiánicos y en esa Fuerza potente que nos permitirá renovar la faz de la tierra, transformándola en una ofrenda purificada y santificada, agradable al Padre.

Un "exceso" para ser acogido y comprendido

El Evangelio de la Liturgia de hoy tiene dos partes: la promesa del Espíritu Santo: Jn 15,26-27 y su misión: Jn 16,12-15. En la primera parte Jesús hace la promesa del Espíritu que llevará a los discípulos a dar testimonio de Jesús: «Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí. Y ustedes también darán testimonio, porque ustedes están conmigo desde el principio». En la segunda parte, san Juan nos dice que Jesús, antes de su pasión, habló largamente con sus discípulos para consolarlos por la tristeza de su partida (Jn 16, 5), y también para prometerles que no les dejaría solos sino que les enviaría otro Abogado que les revelaría todo lo que en ese momento eran incapaces de soportar: «El Espíritu de la verdad les guiará a la verdad completa», (v 13).
Hay un elemento ”muy excesivo" del cual somos incapaces de soportar su peso y extensión. Existe un conjunto de realidades que superan nuestra inteligencia y nuestras cualidades puramente humanas, pues no las podremos conquistar ni con el poder mundano ni tanto menos con el uso violento de la fuerza. Sin embargo, el Espíritu es precisamente quien nos hace capaces de acoger ese “exceso” que consiste en vivir una vida en sintonía con el don de Dios; que nos hace capaces de hacer espacio a esa “sobreabundancia santificante” que nos diviniza y nos supera. El Espíritu Santo es Aquel que excava en nosotros un gran espacio para ser capaces de acoger las realidades trascendentes que nosotros, por nosotros mismos, no podríamos crear ni recibir. Y lo hace entrando en la más profunda intimidad de nuestra libertad con gran delicadeza, con gran respeto y sin imponernos una carga mas. No nos exige ningún esfuerzo sobrehumano. Al contrario, nos libera del peso de nuestros límites y nos conduce con suavidad a la Verdad, que no es una idea abstracta y fría, sino el mismo Jesús, y nos instruye para hacernos como Él, pequeños y pobres. El Espíritu de Jesús nos enseña a obedecer a Dios y a servir al prójimo con gratuidad, sin interés y sólo por amor.

Pentecostés: Fiesta de la unidad en la fraternidad

En síntesis, Pentecostés es precisamente la fiesta que supera con creces la Ley antigua del Talión con el nuevo don de la fraternidad; la fiesta que nos libera del peso insoportable de nuestras divisiones y rencores con la reconciliación y la paz que provienen de la auténtica comunicación en la verdad, en el respeto y en la comunión en la diversidad. Si la imagen de la Torre de Babel representa cómo la humanidad ha intentado construir su civilización al margen de Dios, (cf. Gn 11), Pentecostés demuestra que tal proyecto de total autonomía, no podrá llegar a buen fin y no producirá nunca los resultados esperados, sencillamente porque no tiene la fuerza para superar la incapacidad humana de respetar, de comprender, de unificar y de perdonar siguiendo la verdadera vía de la vida que es Jesús mismo y su evangelio.
Por ello, es claro que acoger el don del Espíritu Santo es “la mejor medicina" que Jesús nos ha enviado para sanarnos gratuitamente de nuestros odios, divisiones y miserias. Sólo la Persona divina que crea la Unidad en la Trinidad Santa nos purificará y nos dará la fuerza para aprender a comunicarnos con un nuevo lenguaje fraterno y verdaderamente universal de justicia, de paz y de bondad. Sólo la presencia activa del Espíritu en el corazón de los creyentes renovará nuestras mentes y voluntades para ser capaces de colaborar en la creación de la Civilización del Amor y del respeto de la vida, o sea, para generar la nueva cultura de la comunión en la diversidad, con el mismo Amor divino con el que nos amó nuestro Señor Jesucristo.

23 mayo
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