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Fiestas Litúrgicas

La Ascensión de Jesús al Padre

16 mayo Ascensión

El Evangelio de Marcos termina con la narración de la Ascensión de Jesús al Padre. Este evento histórico es celebrado como una solemnidad litúrgica común a todas las Iglesias cristianas el cuadragésimo día después de la Pascua de Resurrección. San Juan Crisóstomo y San Agustín ya hablan de ello. Pero una de las influencias decisivas para su difusión se debe probablemente a San Gregorio de Nisa. Como este día cae en jueves, en muchos países la solemnidad se ha trasladado al domingo siguiente. Con la Ascensión de Jesús al Padre se concluye la presencia del "Cristo histórico" e inicia el tiempo de las comunidades cristianas que dan testimonio del Mesías muerto, resucitado y glorificado.  

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Pentecostés

23 mayo PENTECOSTE_BAV_Vat.sir.559-f.181v_ES.png

La solemnidad de Pentecostés se celebra 50 días después de la Pascua. En ella se conmemora que Jesús, muerto, resucitado y ascendido al cielo, ha sido glorificado por el Padre y ha recibido y donado el don del Espíritu Santo. Gracias al nuevo lenguaje de la unidad que nos ha regalado el Espíritu Santo, los diversos pueblos de la tierra han superado la confusión de las lenguas de Babel (cf. Gn 11), y ahora, pueden comunicarse y entenderse en la única y verdadera lengua común: la lengua del amor de Dios infundida en los corazones. Pentecostés tiene sus raíces en la antigua Fiesta de las Semanas celebrada por el pueblo judío (Shavuot: Éx 34,22 ). Es una de las tres festividades de las peregrinaciones judías, junto con la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto (Pésaj: Éx 15-20) y del recuerdo de su deambular por el desierto mientras moraba en tiendas provisorias (Sucot: Dt 16,13; Lv 23,34). Tenía un origen agrícola y religioso, pues celebraba la presentación en el Templo de las ofrendas de las primicias y el agradecimiento a Dios por las cosechas del año con el sacrificio de algunos animales, (cf. Dt 16,10). Más tarde, también se asoció la celebración de la Primera Alianza de Dios con el Pueblo hebreo; Alianza que fue confirmada mediante la entrega de las Tablas de la Ley o los Diez Mandamientos a Moisés en el Monte Sinaí. (Torá: Éx 34,28). Posteriormente, para los cristianos, Pentecostés se convirtió en la fiesta en la que Jesús, como nuevo Moisés, ha sido glorificado por el Padre, y ha recibido el Don del Espíritu en plenitud. Es la festividad que celebra que Jesús, Señor y Mesías, ensalzado a lo más alto de los cielos, comparte, infunde y graba en el corazón de los creyentes la nueva «Ley de la libertad» (St 2,12) o la «Ley de la gracia» (cf. Rm 7,6). Pentecostés es también la fiesta en la cual se celebra la institución de la Nueva Alianza divina con la Iglesia, que es el Israel de Dios (cf. Gal 6,16), y el inicio de su misión de anunciar que el Reino de Dios ya está presente en el mundo gracias a la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús. (cf. Hch 2,22-36). En la primera mitad del siglo III, Tertuliano y Orígenes ya hablaban de Pentecostés como una fiesta que seguía a la de la Ascensión. En el siglo IV, Pentecostés era ya una fiesta comúnmente celebrada en Jerusalén, como recuerda la peregrina Egeria, que proponía el tema de la conversión que la venida del Espíritu había obrado en los corazones de los hombres. En el Pentecostés cristiano ya no se celebra la vieja Ley escrita sobre la piedra sino la nueva Ley escrita en los corazones: «La Alianza nueva y definitiva ya no se fundamenta en una ley escrita en tablas de piedra, sino en la acción del Espíritu de Dios que hace nuevas todas las cosas y se graba en los corazones de carne» (Papa Francisco, Audiencia General, 19 de junio de 2019).  

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María, Madre de la Iglesia - Lunes de Pentecostés

24 mayo MARIA-MADRE-DELLA-CHIESA_Centro-Aletti_Chiesa-S.-Pietro-e-Paolo-Mostar-Bosnia-Erzegovina_E.png

La memoria litúrgica de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, nos recuerda cómo la maternidad divina de María, por voluntad del mismo Jesús, se haya extendido también hacia toda la humanidad y, de modo particular, incluya también el ser la Madre de la Iglesia, que es el Cuerpo místico de Cristo. En esta fiesta, la Iglesia celebra con filial agradecimiento el don inestimable de María como su amorosa Madre, y se pone confiadamente en sus brazos para rogarle che la llene siempre de su cuidado maternal y que no le haga faltar nunca ni su auxilio ni su delicada presencia en su camino hacia el Padre. HISTORIA El Papa Francisco, en 2018, fijó esta memoria litúrgica en el lunes siguiente a la solemnidad de Pentecostés, justamente el día del nacimiento de la Iglesia. En realidad, este título no es nuevo del todo, pues ya en 1980, san Juan Pablo II invitó a venerar a María como Madre de la Iglesia; y aún antes san Pablo VI, el 21 de noviembre de 1964, al concluir la Tercera Sesión del Concilio Vaticano II, declaró a la Virgen «Madre de la Iglesia». En 1975, la Santa Sede propuso una misa votiva en honor de la Madre de la Iglesia, pero no entró a formar parte de las memorias del calendario litúrgico. Además de las advocaciones y títulos de María como Madre de la Iglesia formuladas en los tiempos recientes, no podemos dejar de recordar que el título de María Madre de la Iglesia ha estado presente a lo largo de su historia. Por ejemplo, en los escritos de San Agustín leemos que “María es madre de los miembros de Cristo, porque ha cooperado con su caridad a la regeneración de los fieles en la Iglesia” y San León Magno, al decir que “el nacimiento de la Cabeza es también el nacimiento del Cuerpo”, indica que María es, al mismo tiempo, madre de Cristo, Hijo de Dios, y madre de los miembros de su Cuerpo místico, es decir, de la Iglesia. En el curso de los siglos, la piedad cristiana ha honrado a María con los títulos, de alguna manera equivalentes, de Madre de los discípulos, de los fieles, de los creyentes, de todos los que renacen en Cristo y también «Madre de la Iglesia», como aparece en textos de algunos autores espirituales e incluso en el magisterio de Benedicto XIV y León XIII. Recientemente, el 11 de febrero de 2018, en el 160 aniversario de la primera aparición de la Virgen en Lourdes, el Papa Francisco ha dispuesto que esta memoria litúrgica sea celebrada obligatoriamente en toda la Iglesia universal.  

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Santísima Trinidad - domingo después de Pentecostés

30 mayo SANTISSIMA-TRINITA_Centro-Aletti_Santuario-nazionale-di-san-GPII_Washington_2015_ES.png

La solemnidad de la Santísima Trinidad se halla justamente en el centro del camino del ciclo litúrgico. Se trata de una de las festividades más importantes y gozosas de nuestra fe. En ella recordamos cómo cada una de las tres Personas divinas se ha ido revelando paulatinamente a través de las grandiosas obras de Dios en la Historia de la Salvación. En efecto, en esta fiesta agradecemos la iniciativa misericordiosa del Padre, que nos entregó a su Hijo unigénito Jesucristo para darnos la Vida eterna (Navidad). También hoy los creyentes nos alegramos de nuevo porque el Verbo divino, asumiendo la limitada condición de nuestra naturaleza en Jesús, quiso compartir en todo nuestra pobre humanidad, excepto el pecado, y ofreció su vida al Padre en la cruz por la salvación de los hombres (Pascua). En fin, volvemos a contemplar cómo Jesús resucitado subió al cielo para ser glorificado por el Padre (Ascensión) y ha recibido y donado el Espíritu Santo para instaurar el Reino del Padre (Pentecostés). Las diversas intervenciones salvíficas de Dios en nuestra historia, nos han revelado que la común esencia del ser divino es el Amor y que las tres Personas divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es decir, el único Dios-Trinidad ha puesto su morada dentro de nosotros para divinizarnos, haciéndonos creaturas nuevas que participan gratuitamente de su misma naturaleza divina y eterna. Por eso hoy, de manera particular adoramos, alabamos, bendecimos y agradecemos a Dios: porque eterna es su misericordia. La herejía de Arrio (que no aceptaba la naturaleza divina de Jesús ni tampoco su ligamen divino con el Padre y con el Espíritu Santo), fue afrontada, discutida y condenada en los concilios de Nicea (325, Credo Niceno) y Constantinopla (381, Credo Niceno-Constantinopolitano). Más tarde, gracias a las definiciones dogmáticas de estos primeros concilios ecuménicos, la atención de la Iglesia se encaminó hacia el desarrollo progresivo del lenguaje teológico, para describir cada vez mejor tal doctrina y para transmitirla por medio de la predicación y de las prácticas de piedad. Fue así que, hacia el siglo VIII empezaron a aparecer en los prefacios litúrgicos alusiones a la doctrina sobre la Santísima Trinidad. Alrededor del año 800 surgió una misa votiva en su honor que se celebraba en un domingo - una decisión inicialmente conflictiva porque en realidad la memoria de la Trinidad ya se celebraba todos los domingos - hasta que en 1334 el Papa Juan XXII resolvió la cuestión introduciendo la fiesta especial para toda la iglesia.  

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Visitación de la Beata Virgen María

31 mayo VISITAZIONE_MV_Maestro-dellItalia-centrale_sec.-XV_ES.png

El 2 de julio en Bizancio, desde el siglo VIII se celebraba la "Deposición del Velo de la Theotokos” en la basílica Blachernes, y en tal fiesta que recordaba la protección de María contra los árabes invasores, se leía el Evangelio de la visita de María a Isabel. En Occidente, esta festividad se remonta al 1263, cuando san Buenaventura, Ministro general de la Orden Franciscana, la introdujo para ser celebrada en esa orden mendicante. Posteriormente, a finales del siglo XIV e inicios del siglo XV, la Iglesia occidental atravesó por un periodo muy crítico que duró casi cuarenta años, de 1378 a 1418. Se trató del Gran Cisma de Occidente, un durísimo enfrentamiento entre papas y antipapas que se combatieron mutuamente, atacando y defendiendo la legitimidad de la sucesión pontificia. La Europa cristiana fue lacerada y dividida en dos corrientes rivales. En 1389, en ese clima de insanables conflictos religiosos y políticos, el Papa Urbano VI invocó la intercesión de María para pedir a Dios la reconciliación y la superación de tan grave cisma. Para ello instituyó la fiesta de la Visitación de la Beata Virgen María en toda la Iglesia católica, fiesta que fue inscrita en el Calendarium Romanum para ser celebrada el 2 de julio, porque se pensaba que ese día había terminado realmente la visita de María a su prima Isabel. En efecto, después del nacimiento del pequeño Juan, (el 24 de junio), María todavía habría esperado ocho días más para acompañar a Isabel y a Zacarías en el sacro rito de la circunsición y de la imposición del nombre al recién nacido. (cf. Lc 1,59-79). Tras la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, la fiesta se cambió al 31 de mayo, al final del mes dedicado a María, pero en diversos lugares todavía se sigue celebrando el 2 de julio.  

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