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En la tarde - noche de este martes 3 de octubre, los participantes en el retiro espiritual previo al Sínodo regresan al Vaticano y se preparan para la santa misa de apertura de la Asamblea que presidirá el Santo Padre este miércoles 4 de octubre en la Plaza de San Pedro a las 9 de la mañana. En la tarde - noche de este martes 3 de octubre, los participantes en el retiro espiritual previo al Sínodo regresan al Vaticano y se preparan para la santa misa de apertura de la Asamblea que presidirá el Santo Padre este miércoles 4 de octubre en la Plaza de San Pedro a las 9 de la mañana.

Angelini: Lo que nos congrega sinodalmente es la mirada fija en Jesús

Publicamos el texto integral de la introducción a la santa misa pronunciada por la Rev. Madre Maria Grazia Angelini durante el retiro espiritual para los participantes en el Sínodo este martes 3 de octubre en la Domus Fraterna de Sacrofano, Roma. La eucaristía es presidida por Monseñor Jaime Spengler, arzobispo de Porto Alegre (Brasil) y presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM).

Rev. Madre Maria Grazia Angelini

Como hizo cuando desde la zarza ardiente en el monte Horeb llamó a Moisés, el pastor exiliado quemado por el desierto (Ex 3,1ss.), del mismo modo el Señor Dios hace oír hoy su Palabra desde el corazón de la Eucaristía (Hb 12,18-24). A la luz de esa entrega última de Jesús, esta palabra despliega igualmente su fuerza creadora para el momento actual de la Iglesia, abre paso a una visión sabia. También hoy para esta Asamblea, en esta víspera. Al mismo tiempo, el Evangelio "crece" al adentrarse en cada conciencia humana que lo acoge, también en estos días de retiro que ahora llegan a su fin.

El Evangelio proclamado hoy en la celebración eucarística narra un cambio radical: tras el ministerio en Galilea -la llamada "primavera galilea"-, de resultados controvertidos, Jesús toma la firme decisión del gran viaje a Jerusalén. La resolución está esculpida en su rostro, junto a una mansísima paciencia (Lc 9,51-55), y los discípulos quedan marcados a fuego por ello. A ese fuego nos abrimos nosotros también, a su luz, máximamente generativa para el camino sinodal.


Nos encontramos al inicio del viaje decisivo, paradigma para el camino de todos los discípulos, ya profetizado por los innumerables itinerarios del pueblo de Dios, llamado incansablemente a salir para regresar al Señor (primera lectura). Sin embargo, sobre este antiguo surco, con su decisión de Hijo amado y amoroso, Jesús inaugura un estilo de camino que ni siquiera hoy podemos dar por descontado, y que requiere una escucha infatigable y profunda.

Jesús decide subir a la ciudad santa, y su rostro se endurece como la piedra. Lucas confiere relevancia central a esta decisión. La referencia a la dirección del camino permanece constantemente como telón de fondo, y estructura la rica secuencia de encuentros y enseñanzas de Jesús mientras recorre la vía. Comienza el tiempo de una atención privilegiada, itinerante, a los discípulos. Él decide el camino, y envía por delante a los suyos (hasta ese momento le seguían, ahora deben ir solos). Y esta parte nos concierne de cerca.

Rostro de piedra. No una rigidez muscular, y mucho menos una rigidez autocrática, sino el signo de la intensidad de la pasión que le une al Padre desde niño (Lc 2,49). Como el salto inicial de un atleta. Como un gran deportista, Jesús se concentra en el recorrido que ahora le acerca a la meta (Heb 12,1-3). No sin los suyos.


Duro camino hacia Jerusalén. De hecho, ese viaje sobre el que Jesús ha intentado instruir a sus discípulos mediante los dos anuncios previos de su pasión (Lc 9,22. 43-45), impone condiciones muy severas para llegar al destino (24, 36-52): el seguimiento de Jesús nunca -en ninguna de sus etapas- se añade a la vida de antes, sino que exige elegir siempre de nuevo la “otra” vía, tras sus huellas.

El camino emprendido tropieza enseguida con un obstáculo, una aldea de samaritanos, no por casualidad; y ese obstáculo pone de manifiesto al instante la persistente -y, sin embargo, fructífera- divergencia entre Jesús y los discípulos.

«Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» (9,54), preguntan los más celantes, Santiago y Juan. Es su manera de comprometerse decididamente con la causa. Pero el significado de la dureza del rostro de Jesús es totalmente distinto. Inmediatamente, desde la primera etapa, surge un fallo en la sintonía entre Jesús y sus seguidores (ya antes, en el segundo anuncio de la pasión, se había producido, en forma de un bloqueo en la comunicación: 9,44-45). Le siguen, pero no saben adónde va y, por ahora, no quieren lo que Él quiere. Aun así, le siguen.

Una variante del texto inserta aquí palabras encendidas de Jesús a Santiago y Juan: “No sabéis de qué espíritu sois. El Hijo del hombre no ha venido a perder las vidas de los hombres, sino a salvarlas” (como dirá en Jericó, Lc 19, 10). En ese momento, ellos, luchando con sus propios pensamientos, no comprenden. Y, sin embargo, le siguen. Hasta que el Espíritu, con el soplo del Resucitado, los invade (Jn 20, 22).

La calidad de la conversión de mentalidad que requiere el seguimiento de Jesús -anunciada por su rostro vuelto hacia Jerusalén- es radical, nunca se puede dar por supuesta, ni siquiera entre sus colaboradores más cercanos. Es un proceso imparable, entre los acontecimientos, impulsado por el Espíritu. Por el camino se producen pérdidas en las que no se puede permanecer atascado. Un proceso que no carece de obstáculos y malentendidos, que son bien conocidos asimismo en el camino sinodal. Este es el sentido de la oración sinodal “Adsumus”, ¿no es así? En ella, la Iglesia se reconoce en estado de conversión permanente.


En el relato de Lucas, el encuentro con los samaritanos da el tono, y mil resonancias se irradian en la historia de las comunidades cristianas, desde las primeras hasta hoy. Samaría, el lugar de los encuentros sorprendentes. En un primer momento, gracias al testimonio de la mujer samaritana, supo acoger a Jesús (Jn 4,1-30.41-42). Ahora lo rechaza. Y, precisamente a partir de ese rechazo (junto con el rechazo de los suyos en Galilea), Jesús comprende qué forma debe tomar su camino hacia Jerusalén. Una especie de cambio de estilo mesiánico. Pero, ¿es realmente un cambio? ¿O el cumplimiento de una antigua profecía? Pensemos en el endurecimiento del rostro de Jeremías, de Ezequiel. Sorprendentemente, sucederá que -tras el martirio de Esteban (Hch 8, 1)- Samaría será la primera etapa del anuncio apostólico en salida (8, 4-8). Es el estilo del Evangelio, que Jesús ha tratado de sugerir a los suyos desde el principio, y que quiere imprimir hoy, el rostro marcado, esculpido, por los lugares del corazón, por los rechazos y por la pasión de amor.

Comienza, pues, aquí, en Lc 9, 51, una aventura de fe cuyo estilo -celebrado en la Eucaristía e interiorizado- toca hasta lo más hondo nuestro camino sinodal. La calidad humana y cristiana de la pertenencia eclesial exige hoy -como ya al principio (1 Jn 1,1; 2,24; 3,11) – un redimensionamiento decidido, un replanteamiento radical de nuestra postura en la misión. Liberar la mirada de cualquier impaciencia y activismo empresarial, de tantas pretensiones, de todo resentimiento y espíritu de represalia. El rostro firme no se debe confundir con la determinación de proceder a toda costa en el propio proyecto, sino que está inspirado por el deseo que atrae hacia el cumplimiento de la voluntad del Padre. Que es misericordia incondicional. “Esta es la voluntad del que me ha enviado, que yo no pierda nada de lo que Él me dio” (Jn 6, 39).


Con humildad y mansedumbre de corazón está esculpida la dureza de ese rostro que el proseguimiento del camino revelará completamente. Sin una piedra sobre la que reclinar la cabeza, sin salidas de emergencia. Lo que aquí y ahora nos congrega sinodalmente es- ¿podemos decirlo? - la mirada fija en Jesús, rostro humano del Dios fiel, Piedra angular y Manantial que brota en el desierto. Mirada que reconfigura la visión de los demás, de la historia, del mundo. Esperanza fundada.

* Texto original, sin modificaciones 

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03 octubre 2023, 18:30