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s. Martín de Porres, religioso dominico

S. Martín de Porres, siglo XVII S. Martín de Porres, siglo XVII 

El convento de Nuestra Señora del Rosario en Lima tenía una estructura imponente. Hacia finales del siglo XVII, cien frailes dominicos vivían allí. El problema eran las finanzas, que estaban en gran desorden. Un día el prior tomo una drástica decisión: empacó algunos objetos preciosos y se fue a venderlos para pagar sus deudas y recuperar un poco de tranquilidad. Un joven mulato, a quien por tener un color de piel oscuro, no le habían permitido ser un fraile emitiendo los votos religiosos, sino que lo habían admitido sólo como "Terciario o Hermano cooperador", mientras realizaba las tareas más fatigosas, vio al prior que salía muy agitado del convento y se puso a correr y a perseguirlo por la calle y, aún jadeante, le gritó: "Deténte Padre, no vendas los objetos de valor, mejor véndeme a mi como esclavo". El prior, al escuchar aquel fuerte clamor reconoció que se trataba de la voz del muchacho que veía todos los días con una escoba en la mano y de buen humor, y que nunca se molestaba por ser el "invisible" de la comunidad. Entonces, petrificado se detuvo, y muy conmovido regresó al convento abrazando al despreciado mulato.

Un color de piel muy desventajoso

Ese chico, poco más que un adolescente, se llamaba Martín. Era un Limeño con un color de piel "muy inadecuado y desventajoso", pues era el color de la piel de las personas africanas que desde ese entonces los europeos estaban vendiendo como esclavos en el Nuevo mundo. Su madre Ana, una mujer africana que había sido una esclava, era la sirviente del conquistador español Juan de Porres, de quien sufrió mil abusos y de tales violencias concibió a Martín. Una historia de explotación y de abusos de parte de los conquistadores sobre las mujeres como muchas otras de hoy y de aquellos tiempos: una mujer soltera esclavizada y luego con un "hijo ilegítimo", que era lo mismo que una mujer despreciada, sin derechos y con un hijo igualmente denigrado y tan insignificante que era tratados como inexistentes. No obstante tantas profundas heridas y continuas injusticias, Martín creció como un niño muy especial: inteligente, decidido y muy capaz, incluso en medio de una vida miserable, su mismo padre, que durante años lo había despreciado por su piel oscura, a un cierto punto se dio cuenta de sus cualidades. Cuando fue llamado a Panamá, donde se convirtió en Gobernador, finalmente Juan de Porres reconoció a su hijo y dispuso de algunos bienes para que la madre y su niño sobrevivieran.

Su carisma de sanación

Martín no era sólo un "experto" en limpiar los pisos con la escoba. Antes de entrar en el convento había aprendido de algunos boticarios vecinos las primeras nociones de esa arte farmacéutica. Además, durante algún tiempo trabajó en una barbería, un oficio que en ese momento se combinaba a menudo con el de cirujano. Así que en un convento tan repleto de frailes el joven tuvo muchas oportunidades de ser apreciado como peluquero y aún dando buenos consejos y remedios naturales aprendidos también con los "yerberos" y los "curanderos" del pueblo. Pero su cualidad más evidente era su alegre fe que transmitía con su forma de ser. Una fe tan límpida y comunicativa que se mostraba también en su inigualable habilidad para transmitir el Evangelio a los más pobres, a las personas humildes con las que entraba en gran sintonía y que entendía mucho antes y mucho mejor que los mismos frailes.

Como san Francisco

La fama de Martín creció rápidamente. En Perú, que llevaba bien marcadas las dolorosas heridas provocadas por los ávidos y crueles conquistadores, el simple Hermano se ganó un corazón tras otro, incluso de nobles y virreyes. Se le atribuyeron señales milagrosas extraordinarias, pero ciertamente, los más grandes y más fuera de lo común fueron sus innumerables gestos de caridad. La enfermería del convento - donde su capacidad para curar no sólo el cuerpo lo convertía en una autoridad indiscutible - a menudo se convertía en un hogar temporal para los migrantes y los desempleados. Creó un internado para niños pobres, el primero en Sudamérica. No sólo eso. Su amor por los animales, a los que trataba con delicadeza y respeto, también despertaba asombro. No faltan en su haber las narraciones legendrias y populares que lo asemejan a san Francisco de Asís en su amor por todas las criaturas. Martín murió serenamente en la tarde del 3 de noviembre de 1639. Sin embargo, debieron pasar más de trescientos años para que la Iglesia lo proclamara santo en 1962, gracias a san Juan XXIII.

Martín de la Caridad

En la homilía de la canonización de Martín de Porres, san Juan XXIII hizo este retrato que resume cuanto dicho antes: "Martín amó también con especial caridad al augusto Sacramento de la Eucaristía al que, con frecuencia escondido, adoraba durante muchas horas en el sagrario y del que se nutría con la mayor frecuencia posible [...] Amaba a los hombres porque los juzgaba hermanos suyos por ser hijos de Dios; más aún, los amaba más que a sí mismo, pues en su humildad juzgaba a todos más justos y mejores que él. Amaba a sus prójimos con la benevolencia propia de los héroes de la fe cristiana [...] Excusaba las faltas de los demás; perdonaba duras injurias, estando persuadido de que era digno de mayores penas por sus pecados; procuraba traer al buen camino con todas sus fuerzas a los pecadores; asistía complaciente a los enfermos; proporcionaba comida, vestidos y medicinas a los débiles; favorecía con todas sus fuerzas a los campesinos, a los negros y a los mestizos que en aquel tiempo desempeñaban los más bajos oficios, de tal manera que fue llamado por la voz popular Martín de la Caridad".