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s. Abraham, patriarca

Abram, aunque era un migrante e itinerante arameo, en realidad era un lejano descendiente de Sem -uno de los tres hijos de Noé- y que vivía con su padre Téraj y toda su familia en Ur de los Caldeos, una ciudad en la Baja Mesopotamia, actual Irak: "Téraj reunió a su hijo Abram, a su nieto Lot, el hijo de Harán, y a su nuera Sarai, la esposa de su hijo Abram, y salieron todos juntos de Ur de los caldeos para dirigirse a Canaán. Pero cuando llegaron a Harán, se establecieron allí. Téraj vivió doscientos años, y murió en Harán." (cf. Gn 11,31-32.)

Un hombre de fe total

Será hasta el capítulo 12 que comenzarán las narraciones de los eventos históricos de los patriarcas de Israel, narraciones que buscan mostrar el sorprendente estilo de la revelación del único Dios, iniciada con el arameo errante Abram, (cf Dt 26,5) y que la tradición sacerdotal puso por escrito hasta el siglo VI A.C. en Babilonia. Eventos situables en un grande período que va del siglo 19° al 17° A.C. En efecto, en los capítulos 12-13 del Génesis se narra como en modo imprevisto, un día Dios irrumpió en la vida de Abram llamándolo a una misteriosa misión, a la que responderá inmediatamente con una fe inmensa y total. A la edad de 75 años, tomó a su esposa y a su sobrino con él y partieron con su ganado y sus sirvientes, como los nómadas, cruzando Palestina aún sin saber el destino final de su caminar. En un cierto momento el rico Abram y Lot su sobrino se tuvieron que separar para evitar discusiones: mientras que este último se dirigió al fértil valle del Jordán, asentándose cerca de Sodoma, Abram permaneció en la tierra de Canaán, y allí fue donde el Señor le hizo la promesa de la tierra. (Gn 13,14-17.)

El amigo de Dios

En aquel tiempo, algunos reyes orientales empezaron a invadir la Palestina, confiscaron las propiedades de Lot y lo encarcelaron a él y a su esposa. Abram es presentado entonces como un príncipe potente, colmado de la bendición divina que venció a los grandes reyes orientales, pues logró liberar a sus parientes y recuperar sus bienes. (Gn. 14,1-24.) Dios estará siempre con él y le confirmará la promesa del gran linaje que le dará. (Gn. 15,1-20.) El problema era que Sara, la esposa de Abram era ya muy anciana y estéril. Por eso, dará a su marido su esclava para que le conciba un hijo. Y así, de esta unión permitida por las costumbres de la época, nacerá Ismael. (Gn. 16,1-16.) Luego, Dios selló un pacto con Abram y le cambió el nombre por Abraham, que significa "padre de multitudes". Esta es la razón que, desde entonces y hasta el día de hoy, justifica la circuncisión practicada a todos los varones de las familias hebreas, como signo de la Elección y de la Alianza. (Gn. 17,1-14.) Dios se le revelará de nuevo a Abraham cerca del encinar de Mambré y tres ángeles misteriosos le prometerán que Sara, su esposa estéril, concebirá un hijo en su ancianidad. Dios tambièn le confió a Abraham que las ciudades de Sodoma y Gomorra que se habían degradado tanto, serían destruídas. (Gn. 18,1-33.) Después de la intercesión de Abraham para evitar la inminente destrucción, sólo se salvarán Lot y su esposa. (Gn. 19,1-29.)

El padre de todos los creyentes

Al año siguiente, Sara finalmente dio a luz a Isaac (Gn 21,1-8) pero obligó a Abraham a expulsar de su casa a la esclava Agar y su hijo Ismael, mandándolos al desierto inhóspito para hacerles morir. Abraham se entristeció mucho por los celos de Sara, pero el Señor los salvó y prometió también una grande descendencia para su hijo Ismael. (Gn 21,9-14). Finalmente, el momento más dramático de la vida de Abraham fue este: el Señor puso a prueba su fe cuando, incomprensiblemente, le pidió que sacrificara a su amado y único hijo Isaac, al que había esperado tanto tiempo y que el mismo Dios le había regalado. Abraham no entendía esta orden divina que parecía provenir de un Dios cruel, pero creía que Dios podía resucitar a los muertos (Heb 11,19) y en el momento mismo en el que Abraham estaba a punto de ofrendarlo, gracias a su inmensa fe y obediencia demostradas, el Señor le detuvo su mano evitando tal holocausto. En un cierto modo Dios realmente "resucitó" a Abraham y a Isaac. El escritor sagrado, con un artificio literario, pondrá de manifiesto que el anciano patriarca, después de una vida "exageradamente" plena de confianza en las sorprendentes vías del Señor, (cf. Rm 4, 1-23) terminará sus días a una edad tambien sorprendente: "a los 175 años" en la tierra de Canaán, mientras que de Isaac e Ismael hará descender, respectivamente, las líneas de sangre de los judíos y los árabes.