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Vatican News
El Papa Francisco escribe una carta a los sacerdotes de la Diócesis de Roma. El Papa Francisco escribe una carta a los sacerdotes de la Diócesis de Roma.  (ANSA)

El Papa a los sacerdotes romanos: en la tormenta no abandonasteis el rebaño

En la Solemnidad de pentecostés, el Papa Francisco escribe una carta a los sacerdotes de la Diócesis de Roma ante la cantidad de emails y llamadas que ha recibido durante estos meses de cuarentena y confinamiento por el coronavirus.

Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano

Durante este tiempo de pandemia, muchos sacerdotes de la Diócesis de Roma han contactado al Santo Padre por correo electrónico o por teléfono para compartir con él lo que significaba esta situación inesperada y desconcertante. “Sin poder salir o tener contacto directo, me permitisteis saber "de primera mano" lo que estabais experimentando” escribe el Papa en la carta. Es por eso que, animado por estos intercambios, el Papa ha tomado la iniciativa de escribirles una carta “porque quiere estar más cerca de ellos, para acompañarles, compartir y confirmar su camino”. Y en este compartir, el Papa pone de relieve como “el distanciamiento social no impidió fortalecer el sentido de pertenencia, de comunión y de misión”, algo – asegura – que les ayudó “a garantizar que la caridad, especialmente con las personas y comunidades más desfavorecidas, no fuera puesta en cuarentena”.

Han visto venir al lobo y no han huido ni abandonado el rebaño

Francisco les comunica que les escribe “mirando la primera comunidad apostólica, que también experimentó momentos de confinamiento, aislamiento, miedo e incertidumbre”. “Hoy como ayer – dice – sentimos que las alegrías y esperanzas, la tristeza y la angustia de los hombres de hoy, de los pobres sobre todo y de todos los que sufren, son también las alegrías y las esperanzas, la tristeza y la angustia de los discípulos de Cristo, y no hay nada genuinamente humano que no encuentre eco en sus corazones”.

Todos hemos escuchado durante este tiempo de cuarentena los números y porcentajes que día tras día nos asaltaban, hemos tocado el dolor de nuestra gente con nuestras manos, pero el Papa hace hincapié en que las estadísticas “tenían nombres, rostros e historias compartidas”. También insiste en que ellos, como comunidad presbiteral “no han sido ajenos a esta realidad y no la han estado mirando por la ventana; empapados en la furiosa tormenta, han hecho esfuerzos para estar presente y acompañar a sus comunidades: han visto venir al lobo y no han huido ni abandonado el rebaño”.

El Papa asegura que se trata de una carta que ha escrito con la esperanza de que les ayude en el camino del servicio a los hermanos y les sirva a “amarles y servirles más” porque como sacerdotes, hijos y miembros de un pueblo sacerdotal, “nos corresponde asumir la responsabilidad del futuro y proyectarlo como hermanos”.

Nadie puede pensar en salir de ésta solo

Después, el Papa ha enumerado el sufrimiento y dolor que todo el Pueblo fiel de Dios ha pasado durante estas largas semanas de confinamiento, desde la repentina pérdida de familiares, vecinos, amigos y puntos de referencia para nuestra fe hasta los trabajadores de la salud que, agotados, en interminables días de trabajo, se preocuparon por satisfacer tantas solicitudes. “Sabemos que en tales circunstancias no es fácil encontrar el camino a seguir, y no faltarán las voces que digan todo lo que podría haberse hecho frente a esta realidad desconocida” señala. Ante esta situación, recuerda una vez más, que no es solo un asunto individual, familiar, de un grupo social específico o de un país: “las características del virus hacen que desaparezca la lógica con la que solíamos dividir o clasificar la realidad. La pandemia no conoce adjetivos, no tiene límites y nadie puede pensar en salir de ésta solo. Todos estamos afectados e involucrados”. De hecho – dice – “sabemos que de la tribulación y de las experiencias dolorosas no se sale igual que antes. Debemos estar atentos y ser cuidadosos. El mismo Señor, en su hora crucial, oró por esto: "No oro para que los saques del mundo, sino para que los custodies del Maligno" (Jn 17,15)”.

Cada tiempo es adecuado para el anuncio de la paz

“Ciertamente hubiéramos preferido que todo lo que sucedió no hubiera sucedido, pero sucedió; y como los discípulos de Emaús, también podemos seguir murmurando entristecidos en el camino”. El Santo padre relata como el Señor, al presentarse en el aposento alto a puertas cerradas, en medio del aislamiento, el miedo y la inseguridad en que vivían, pudo transformar toda la lógica y dar un nuevo significado a la historia y los acontecimientos: “Cada tiempo es adecuado para el anuncio de la paz, ninguna circunstancia está desprovista de su gracia”. Además, explica que “Su presencia” en medio del aislamiento y ausencias forzadas “anuncia, para los discípulos de ayer como para nosotros hoy, un nuevo día capaz de cuestionar la inmovilidad y la resignación y de movilizar todos los dones al servicio de la comunidad”. “Con su presencia, el confinamiento se hizo fructífero, dando vida a la nueva comunidad apostólica”.

En este sentido, invita a los sacerdotes de Roma a “no temer los escenarios complejos en los que vivimos porque allí, entre nosotros, está el Señor; Dios siempre ha realizado el milagro de generar buenos frutos”. Y la alegría cristiana – puntualiza – “surge precisamente de esta certeza”: “En medio de las contradicciones y ante la incomprensión que tenemos que enfrentar todos los días, sumergidas e incluso aturdidas por tantas palabras y conexiones, la voz del Resucitado se esconde y nos dice: "¡La paz sea con ustedes!"”.

La experiencia del Papa como compañero espiritual

El Santo Padre también comparte con ellos su experiencia como “compañero espiritual”: “he sido testigo de que la persona que ve las cosas como realmente son – dice – y se deja atravesar por el dolor y los gritos en su corazón, es capaz de alcanzar las profundidades de la vida y ser verdaderamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo, para que pueda tener el coraje de compartir el sufrimiento de los demás y dejar de huir de situaciones dolorosas. De esta manera, descubre que la vida tiene sentido para ayudar a otro en su dolor, para comprender la angustia de los demás, para aliviar a los demás. Esta persona siente que el otro es carne de su carne, no tiene miedo de acercarse hasta que toca su herida, tiene compasión hasta que experimenta que las distancias se cancelan mutuamente”.

La Resurrección no es solo un evento histórico para recordar

Francisco además les recuerda que, como comunidad presbiteral, están llamados "a anunciar y profetizar el futuro" y que la Resurrección "no es solo un evento histórico del pasado para recordar y celebrar; es más, mucho más: es el anuncio de la salvación de un nuevo tiempo que resuena y ya está abriéndose paso hoy, es la venida que el Señor nos llama a construir". Es por ello que insiste en que si una presencia invisible, silenciosa, expansiva y viral “nos ha puesto en crisis y nos ha conmocionado”, deben dejar que “esta otra Presencia, discreta, respetuosa y no invasiva nos llame nuevamente y nos enseñe a no tener miedo de enfrentar la realidad”. “Si una presencia impalpable ha sido capaz de interrumpir y anular las prioridades y agendas globales aparentemente inamovibles que sofocan y devastan nuestras comunidades y nuestra hermana tierra, no temamos que sea la presencia del Resucitado la que nos trace el camino para abrir horizontes y para darnos el coraje de vivir este momento histórico y singular”.

Dejémonos sorprender una vez más por el Resucitado

Al final de su carta, el Papa señala que es Él, desde su costado herido, “una señal de cuán dura e injusta se vuelve la realidad, para empujarnos a no darle la espalda a la dura y difícil realidad de nuestros hermanos” y pide que “nos enseñe a acompañar, sanar y vendar las heridas de nuestro pueblo, no con miedo sino con la audacia y la prodigalidad evangélica de la multiplicación de los panes (cf Mt 14, 15-21); con el coraje, la preocupación y la responsabilidad del samaritano (cf. Lc 10, 33-35); con la alegría y la fiesta del pastor por sus ovejas redescubiertas (cf. Lc 15, 4-6); con el abrazo reconciliador del padre que sabe perdonar (cf. Lc 15,20); con la piedad, delicadeza y ternura de María de Betania (cf. Jn 12, 1-3); con la mansedumbre, la paciencia y la inteligencia de los discípulos misioneros del Señor (cf. Mt 10, 16-23)”.

Al mismo tiempo les pide que se dejen “sorprender” por el Pueblo fiel y sencillo, muchas veces probado y desgarrado, pero también visitado por la misericordia del Señor: “¡Cuánto hay que aprender de la fuerza del fiel Pueblo de Dios que siempre encuentra formas de ayudar y acompañar a los que han caído! La resurrección es el anuncio de que las cosas pueden cambiar. Dejen que la Pascua, que no conoce fronteras, nos conduzca creativamente a lugares donde la esperanza y la vida están luchando, donde el sufrimiento y el dolor se convierten en un espacio propicio para la corrupción y la especulación, donde la agresión y la violencia parecen ser la única salida”.

29 mayo 2020, 16:30