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IV Domingo de Cuaresma: "La luz vino al mundo"

D. Salvador Aguilera López, presbítero de la Archidiócesis de Toledo ofrece el comentario al Evangelio del IV Domingo de Cuaresma, según San Juan 3,14-21.

Comentario al Evangelio

En el IV domingo de Cuaresma, conocido como  «domingo de Laetare», la Liturgia nos ofrece una parte del diálogo entre Jesucristo y Nicodemo, fariseo y maestro en Israel (cf. Jn 3, 1.10), sobre el nuevo nacimiento que se da por medio del sacramento del Bautismo.

 

El centro de esta perícopa evangélica es la revelación del amor misericordioso del Padre en su Hijo Unigénito que, al igual que el estandarte con la serpiente fue elevado por Moisés en el desierto, será elevado en el árbol de la Cruz. No es sino un preanuncio de la pasión voluntaria de Cristo.

Los que miraban la serpiente de bronce eran sanados una sola vez, mientras que los que miramos el árbol de la Cruz en el que estuvo clavada la salvación del mundo, quedamos sanados de una vez para siempre. Con su muerte, el Hijo de Dios nos libró de la muerte eterna.

Al final de estos versículos encontramos el contraste entre luz y tinieblas. Están en la luz los que aman a Dios y dan testimonio de la verdad, mientras que aquellos que están en las tinieblas son esclavos del pecado.

Meditemos, pues, el amor misericordioso que Dios nos ha revelado en su propio Hijo y, abandonando las tinieblas del pecado, seamos siempre hijos de la luz.

San Agustín señala que Jesucristo fue elevado sobre la tierra para ser visto por todos, para declarar su amor a toda la humanidad.

En este domingo, acerquémonos con alegría al sacramento de la Reconciliación. Festejemos con Jerusalén y gocemos con ella porque el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres. Dios nos ama con amor de Cruz.

Evangelio según san Juan (3, 14-21)

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».

 

Comentario al Evangelio del IV Domingo de Cuaresma de D. Salvador Aguilera López, presbítero de la Archidiócesis de Toledo

13 marzo 2021, 18:27