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Imagen de archivo Imagen de archivo  (AFP or licensors)

Curar el mundo desde la fuerza de los pobres

Comentario del padre Enrique Ciro Bianchi, sacerdote argentino y profesor de la Facultad de Teología de Buenos Aires, sobre el ciclo de catequesis del Papa Francisco sobre “Curar el Mundo”. En su reflexión, el padre Bianchi profundizará en el principio de la opción preferencial por los pobres.

Enrique Ciro Bianchi

En el mes de agosto el Papa comenzó un nuevo ciclo de catequesis bajo el título “Curar el mundo”. La pandemia ha abierto una herida en la humanidad que necesita ser sanada y Francisco nos invita a mirar a Cristo para buscar juntos un camino de salud. Como en el caso del paralítico de Cafarnaún, a quien los amigos descuelgan del techo y ponen frente a Jesús, la sanación que Él nos ofrece no es sólo física sino integral. En Cristo nuestra vida puede curarse desde su raíz. Podemos nacer de nuevo.

Si bien la redención es hecha por Cristo, no llega a nosotros independientemente de nuestro compromiso con la historia. Los cristianos estamos llamados a continuar su obra de sanación. De aquí la profética interpelación que Francisco nos presenta:¿cómo podemos ayudar a sanar nuestro mundo, hoy? A modo de orientación ofrece algunos principios de la Doctrina Social de la Iglesia que irá desarrollando en sucesivos encuentros. Uno de ellos es la opción preferencial por los pobres, al que relaciona con la virtud de la caridad y le dedica la tercera de sus catequesis de este ciclo (19/8/20). Allí repite y actualiza la enseñanza de la Iglesia presentando esta preferencia como una opción teológica. Debemos optar por los pobres porque Dios optó primero. Y no fue ésta una elección marginal en el plan de Dios. Dos veces en esa catequesis Francisco afirma que “la opción preferencial por los pobres está en el centro del Evangelio”.

Los caminos por los que busquemos curar al mundo tienen que estar marcados por un amor de preferencia hacia los que las sociedades relegan a las periferias. No intentaremos en estas reflexiones entrar en el terreno de estas acciones posibles sino buscar la luz de la Revelación sobre el principio de la opción por los pobres que debe animarlas.

Dios opta por los pobres

En Evangelii Gaudium el Papa aborda el tema en profundidad. Allí explica que el corazón de Dios tiene un lugar de privilegio para los pobres (EG 197). De aquí se desprende por simple lógica que si son los preferidos de Cristo deben ser los preferidos de los cristianos. La teología que subyace a esta opción arraiga en la cristología. Benedicto XVI al inaugurar la Conferencia de Aparecida la presentaba como “una opción que está implícita en la fe cristológica” (DA 392). En ese mismo encuentro los obispos dirán: “todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo” (DA 393).

El mundo de los pobres puede verse desde muchas perspectivas. Desde la Iglesia siempre lo vemos desde Cristo. De no ser así estaríamos errando el planteo de raíz. Miramos a los pobres desde un Cristo que “se hizo pobre” (2Co 8,9) y que les otorgó a ellos su “primera misericordia” (Juan Pablo II). En el rostro doliente de los pobres está Cristo llamándonos a ponerle el hombro a su cruz (“tuve hambre y me diste de comer…”). “Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres” (Francisco, I Jornada mundial de los pobres). Para la Iglesia, los pobres antes de ser personas que no han accedido a todos los bienes del desarrollo moderno son un “sacramento de Cristo” (Pablo VI).

Reconocer la fuerza salvífica de los pobres

Pero la opción por los pobres no se agota en que sean objeto de una misericordia preferencial de nuestra parte. La Palabra de Dios nos lleva más lejos. El lugar de los pobres en el plan de salvación es un misterio de fe al que debemos acercarnos descalzos. El Papa Francisco nos llama a “reconocer la fuerza salvífica de sus vidas” (EG 198) y para hacerlo debemos desprendernos de valoraciones meramente humanas. Es contra razón pensar que la pobreza y la impotencia sean eficaces, sean redentoras. No es algo que nos pueda revelar ni la carne ni la sangre. Sólo la gracia de Dios nos puede hacer verlo. “Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres” (EG 197). Cuando Cristo se hizo pobre tuvo esa cosa misteriosa, que excede la razón, de unirlo al pobre con Él y asociarlo a su salvación. Les dio a sus vidas una eficacia redentora.

Dios desde la sobreabundancia de su amor quiere sanar a la humanidad del poder del pecado y de la muerte. Lo hace por Jesucristo, que carga sobre sí todas las heridas del mundo para darles un sentido nuevo. Cristo con su Pasión sana y lleva al Reino. Según la enseñanza paulina, puede pensarse que el Cristo que sufre la Pasión no es Él solo. San Agustín habla del “Cristo total”, Cristo cabeza unido a sus miembros, como sujeto de la Pasión. Es decir, que la redención se hace por la Pasión de Cristo y por la pasión de todos los miembros de Cristo que completan su Pasión (cf. Col 1,24). Todos los sufrientes, en general, completan la Pasión de Cristo, pero sobre todo y fundamentalmente los pobres. Con ellos Él se identificó explícitamente: “tuve hambre y me diste de comer…” (Mt 25 31,46).

Esto le da a la vida de los pobres una nueva dimensión que excede su condición de destinatarios de nuestra misericordia. Ellos -aun sin saberlo- son sujetos, actores, protagonistas de la redención. Por ellos Dios está derramando su salvación entre nosotros. Ante esto no hay que escandalizarse como se escandalizaron los apóstoles en la Pasión. Así como Cristo en su cruz cargó nuestros sufrimientos, estos otros cristos cargan nuestros dolores en sus vidas cruciformes.

Del Redentor se dijo: “por sus llagas hemos sido sanados” (Is 53,5). Su redención continúa y hoy -misteriosamente- nos sanan las llagas de tantos que sufren en los campos de refugiados o en las orillas de nuestras ciudades opulentas e indiferentes. No se trata de pobres ideales o mitificados. Hombres y mujeres concretos que -mientras nosotros leemos ideas sobre ellos- están luchando trabajosamente para apenas sobrevivir. Seres humanos a los que Dios les da una fuerza sobrehumana para seguir apostando a la vida cada día.

Hoy el mundo necesita ser curado, no solo de un virus casi invisible sino de las patologías sociales bien visibles que nos llevan a naturalizar que haya millones de personas hundidas en los sufrimientos de la pobreza. Necesitamos nacer de nuevo. Difícil será que se logre sin la fuerza histórica de los pobres. Ellos están mejor preparados que nadie para lidiar con la muerte. Lo vemos todos los días en nuestros barrios populares. Dios sabrá cuales sean los caminos históricos por los que nos llegará la salud que quiere darnos. Pero hay algo que sí podemos saber: si sigue la lógica de la redención de Cristo esa sanación nos va a llegar desde los pobres.

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El autor es sacerdote de la Diócesis de San Nicolás (Argentina) y  profesor de la Facultad de Teología de Buenos Aires.

21 septiembre 2020, 09:05