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Santísima Trinidad - domingo después de Pentecostés
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Santisima Trinidad

Santísima Trinidad - domingo después de Pentecostés

La solemnidad de la Santísima Trinidad se halla justamente en el centro del camino del ciclo litúrgico. Se trata de una de las festividades más importantes y gozosas de nuestra fe. En ella recordamos cómo cada una de las tres Personas divinas se ha ido revelando paulatinamente a través de las grandiosas obras de Dios en la Historia de la Salvación. En efecto, en esta fiesta agradecemos la iniciativa misericordiosa del Padre, que nos entregó a su Hijo unigénito Jesucristo para darnos la Vida eterna (Navidad). También hoy los creyentes nos alegramos de nuevo porque el Verbo divino, asumiendo la limitada condición de nuestra naturaleza en Jesús, quiso compartir en todo nuestra pobre humanidad, excepto el pecado, y ofreció su vida al Padre en la cruz por la salvación de los hombres (Pascua). En fin, volvemos a contemplar cómo Jesús resucitado subió al cielo para ser glorificado por el Padre (Ascensión) y ha recibido y donado el Espíritu Santo para instaurar el Reino del Padre (Pentecostés). Las diversas intervenciones salvíficas de Dios en nuestra historia, nos han revelado que la común esencia del ser divino es el Amor y que las tres Personas divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es decir, el único Dios-Trinidad ha puesto su morada dentro de nosotros para divinizarnos, haciéndonos creaturas nuevas que participan gratuitamente de su misma naturaleza divina y eterna. Por eso hoy, de manera particular adoramos, alabamos, bendecimos y agradecemos a Dios: porque eterna es su misericordia. La herejía de Arrio (que no aceptaba la naturaleza divina de Jesús ni tampoco su ligamen divino con el Padre y con el Espíritu Santo), fue afrontada, discutida y condenada en los concilios de Nicea (325, Credo Niceno) y Constantinopla (381, Credo Niceno-Constantinopolitano). Más tarde, gracias a las definiciones dogmáticas de estos primeros concilios ecuménicos, la atención de la Iglesia se encaminó hacia el desarrollo progresivo del lenguaje teológico, para describir cada vez mejor tal doctrina y para transmitirla por medio de la predicación y de las prácticas de piedad. Fue así que, hacia el siglo VIII empezaron a aparecer en los prefacios litúrgicos alusiones a la doctrina sobre la Santísima Trinidad. Alrededor del año 800 surgió una misa votiva en su honor que se celebraba en un domingo - una decisión inicialmente conflictiva porque en realidad la memoria de la Trinidad ya se celebraba todos los domingos - hasta que en 1334 el Papa Juan XXII resolvió la cuestión introduciendo la fiesta especial para toda la iglesia.

"Por su parte, los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle, le adoraron; sin embargo, algunos todavía dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y sepan que yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo»." (Mt 28,16-20).

Vayan, y hagan discípulos a todas las gentes...

Este pasaje evangélico describe el último mandato de Jesús a los Apóstoles: deben iniciar la misión de anunciar que la Santa Trinidad quiere “inundar” con su amor divino a todos sus hijos e hijas: "Vayan, y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". Jesús envía a los Once a bautizar, los envía a "sumergir" a los demás en la vida de Dios: es decir, a ser habitados por la presencia de la misma vida divina que nos hace salir de la soledad y de la autosuficiencia. En otros términos, la fiesta de la Santísima Trinidad nos recuerda que esa presencia divina que nos inhabita, es capaz de suscitar en nosotros nuevas relaciones de filiación con las personas divinas, nuevas relaciones de amistad y fraternidad con las personas humanas y nuevas relaciones de cuidado y de protección de la vida con la creación.

Yo soy el que está siempre con ustedes

"Yo soy el que está siempre cercano" alude a la revelación de Dios a Moisés en la zarza ardiente (cf. Ex 3,14). En este pasaje conclusivo del evangelio de Mateo, Jesús, revestido del poder divino y universal (cf. Dn 7,14) afirma su naturaleza divina como en otros pasajes del evangelio de Juan: "Yo soy el pan de vida" (Jn 6,35); "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8,12); "Yo soy la puerta de las ovejas" (Jn 10,7); "Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11,25); "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6); "Yo soy la vid" (Jn 15,5). Jesús es, pues, "el que siempre es y está cercano", el que siempre camina conmigo, el que no me abandona; es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros (Is 7,14, ), hasta el final de los días (Mt 28,20).

Sentido de pertenencia

Con el envío de los Apóstoles a todas las naciones para anunciar que Dios Trinidad nos ama con un amor de Padre, de Hijo y de Espíritu Santo y que anhela nuestra felicidad y salvación, Jesús resucitado nos ha regalado la posibilidad de una vida nueva, divinizada, redimida, reconciliada y capaz de recrear los lazos de filiación y de fraternidad que nuestro egoísmo había destruido. Por el bautismo, el Espíritu de Jesús infundido en nuestros corazones, nos ha sumergido en el amor divino y nos ha dado la capacidad de generar un mundo nuevo, tejiendo nuevas relaciones llenas de cuidado y de un nuevo sentido de pertenencia; un camino que ha comenzado reconociendo la gratuidad de la misericordia del Padre que en Jesús nos ha liberado del demonio, del pecado y de la muerte y que, por ese motivo, ahora nos ayuda a encontrar nuestra verdadera identidad y a reconocer en el rostro de aquellos que antes eran distantes o enemigos, hermanos y hermanas que nos deben acompañar para llegar juntos y reconciliados "a la casa del Padre..." En definitiva, si con la encarnación de Jesús (Navidad) Dios se hizo uno de nosotros para entrar en comunión con nosotros, con el don del Espíritu Santo (Pentecostés) el Padre nos pide que seamos misericordiosos como él lo es, viviendo en comunión con él, con nuestros prójimos y con el todo el creado. Agradecer y hacer una fiesta continua a la amorosa presencia de la Trinidad Santa en nuestras personas, nos consagra como sus templos vivos y nos lleva a concentrar nuestra atención amorosa en Dios para poder crear luego la comunión fraterna y para reconstruir la unidad en el agapé divino, viviendo la verdadera vida de la Trinidad en nosotros que nos diviniza y nos transforma en alegre luz del mundo, (cf. Jn 8,12) y en sustancioso pan de vida, (cf. Jn 6,35).

Oración de San Hilario de Poitiers (Siglo IV)
“Oh Santa e indivisa Trinidad:
mantén firme esta profunda fe que me has dado,
ilumina la voz de mi conciencia
y fortalece mi voluntad hasta mi último suspiro,
para que pueda permanecer siempre fiel
a lo que profesé en mi bautismo,
cuando fui sumergido y regenerado
en tu amor de Padre, de Hijo y de Espíritu Santo.
Concédeme que te adore, Padre nuestro,
y que al mismo tiempo adore a tu Hijo amado;
concédeme acoger y bendecir a tu Espíritu Santo,
que procede de ti por tu único Hijo. Amén"

(cf. De Trinitate 12, 57).

30 mayo
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