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"Mi misión en la cárcel de Buenos Aires con el padre Bergoglio"

Halina Rozanska de Pokhylyak cuenta, en exclusiva, su experiencia en la asistencia a presos. Una experiencia compartida con el futuro Papa Francisco.

Davide Dionisi - Ciudad del Vaticano

"Conocí al Papa Francisco cuando era Provincial de los jesuitas y lo considero uno de los más grandes Pontífices, también porque sigue mostrando su cercanía a los hombres y mujeres de nuestro tiempo que están viviendo una crisis mundial sin precedentes debido a la pandemia". Es el testimonio exclusivo de Halina Rozanska de Pokhylyak, de 78 años, originaria de Leópolis, que llegó a Argentina con sus padres después de la Segunda Guerra Mundial. A los 8 años, el punto de inflexión de su vida: la noticia de la muerte de su abuela, detenida en Siberia y víctima del régimen comunista. Desde entonces, Halina decidió dedicar su vida a ayudar a los presos y hoy, a pesar de su edad, sus tres hijos y sus 9 nietos, sigue prestando su "servicio entre rejas" en Buenos Aires.

Bergoglio confesor

Entre las experiencias edificantes de su misión, el encuentro con Bergoglio: "Recuerdo que, tanto como obispo como cardenal, solía ir a la cárcel a visitar a presos esposados de pies y manos, enfermos de sida, con condenas muy largas. Exigió que se les pusiera en condiciones que les permitieran hablar con tranquilidad y normalmente lo conseguía.

 

Así que se sentaba junto a ellos y los confesaba como ningún otro sacerdote lo había hecho antes. Después de su paso hubo muchas conversiones", dice la voluntaria, que también puede contar con el apoyo constante de sus tres hijos: "Perdí a mi marido hace dos años, pero siempre lo siento cerca. Mis hijos me echan una gran mano tanto económica como materialmente. Recientemente necesité su ayuda porque había que blanquear la capilla de la cárcel. Mi hija controla el ordenador en lugar de mí y lee los documentos judiciales, ya que es abogada", revela Halina.

Amar a los descargados

Varias experiencias personales han marcado su misión. Sobre todo la de un preso terminal al que enseñó a rezar antes de morir. "Tenía un tumor en la garganta y no paraba de pedir un cigarrillo. Aunque yo no fumaba, conseguí uno y al día siguiente fui a ofrecérselo. Al mismo tiempo le di una Biblia. Me contestó que ni siquiera la abriría porque era analfabeto. Sin embargo, expresó su deseo de rezar y me pidió que le enseñara el Padre Nuestro. Mientras lo recitaba, pude ver cómo se relajaba su rostro al pensar en su familia y en su tierra natal, la Patagonia. Me pidió varias veces que le acompañara en la oración. Incluso renunció a una de sus pasiones, el fútbol, para invocar la ayuda del Señor. Un día insistió en que fuera un domingo y, renunciando a los compromisos familiares, fui a verle y recé con él durante todo el tiempo que duró la visita. Volví dos días después y los guardias me dijeron que había muerto ese mismo domingo por la noche, acompañado del consuelo de sus compañeros". 

Hablando sobre la vida después de la cárcel, Halina está convencida de que "cuando una persona vuelve a la libertad, tiene miedo y no sabe cómo moverse en la sociedad. A menudo comete errores graves. No es aceptado por los demás y no tiene asegurados los servicios esenciales para la supervivencia. Nuestra respuesta debe ser una sola: amarlos", continúa Halina, indicando que "nunca han recibido afecto y ésta es la principal razón de sus errores. Tenemos que acercarlos a la oración aunque sea una tarea ardua. Pero podemos hacerlo a través del amor y la cercanía".

11 abril 2021, 14:54