Papa Pablo VI (Giovanni Battista Montini) Papa Pablo VI (Giovanni Battista Montini)  Editorial

Los nuevos proletarios y el deber para el Papa de ser “abogado de los pobres”

Hace cincuenta años se publicaba la “Octogesima adveniens”. Pablo VI habló del éxodo hacia las grandes aglomeraciones urbanas, de la dignidad de las mujeres y del pluralismo de las opciones políticas. Criticó las ideologías marxista y liberal. Al presentar la Carta, defendió el “derecho-deber” de la Iglesia a expresarse sobre cuestiones sociales

ANDREA TORNIELLI

Palabras proféticas sobre los que hoy su sucesor Francisco llama “los descartados”. Un análisis realista de los grandes desequilibrios y de las consecuencias del éxodo a las grandes aglomeraciones urbanas. Una crítica a la ideología marxista y a su materialismo ateo, pero también una crítica a la ideología liberal que menos de veinte años después se impondría, abriendo definitivamente el camino al turbo-capitalismo. Corría el año 1971, y el 14 de mayo Pablo VI celebraba el octogésimo aniversario de la Rerum novarum de León XIII con una carta apostólica dirigida al cardenal Maurice Roy, arzobispo de Quebec y presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz. El documento de Montini, que trata de la pobreza y el desarrollo y del compromiso político, debe leerse en la estela de la Populorum progressio (1967), pero también a la luz de los cambios que se produjeron en los últimos años.

El Papa habla de las “evidentes diferencias” que “existen en el desarrollo económico, cultural y político de las naciones”, recordando los pueblos que luchan contra el hambre. Afirma que las modalidades de acción, de compromiso y de intervención concreta deben dejarse al juicio de cada realidad local, porque “corresponde a las comunidades cristianas analizar objetivamente la situación de su país, aclararla a la luz de las palabras inmutables del Evangelio, extraer de la enseñanza social de la Iglesia principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción”.

Por lo tanto llama la atención sobre un fenómeno de gran importancia que caracteriza tanto a los países industrializados como a los que están en vías de desarrollo: el urbanismo y el éxodo de las zonas rurales a las metrópolis. “En este crecimiento desordenado, de hecho, nacen nuevos proletarios. […] En lugar de fomentar el encuentro fraternal y la ayuda mutua, la ciudad desarrolla las discriminaciones e incluso la indiferencia; fomenta nuevas formas de explotación y dominación, en las que unos, especulando con las necesidades de otros, obtienen beneficios inadmisibles. Detrás de las fachadas se esconden muchas miserias, desconocidas incluso para los más cercanos”.

Pablo VI, que como arzobispo había constatado los problemas de la nuevas periferias milanesas en los años del boom económico, y que también como Papa seguía con atención y con ayuda concreta el desarrollo de las periferias romanas, financiando por ejemplo la construcción de 99 apartamentos en el barrio de Acilia para los habitantes de las chabolas de la Ciudad, escribió: “Es urgente reconstruir, a medida de la calle, del barrio o de la gran aglomeración, el entramado social en el que el hombre pueda satisfacer las necesidades de su personalidad. Hay que crear o desarrollar centros de interés y cultura a nivel de comunidades y parroquias”.

Un pasaje de la Carta está dedicado a las mujeres. Pablo VI, que el año anterior había proclamado a dos mujeres doctoras de la Iglesia – Teresa de Ávila y Catalina de Siena – pide que se ponga fin a las discriminaciones y que las legislaciones vayan “en la dirección de la protección de la vocación propia de la mujer y, al mismo tiempo, del reconocimiento de su independencia como persona, de la igualdad de sus derechos en cuanto a la participación en la vida cultural, económica, social y política”.

Refiriéndose al crecimiento demográfico en los países pobres, el Papa Montini define “inquietante” esa “especie de fatalismo, que se apodera incluso de los responsables” y que “a veces lleva a soluciones maltusianas, exaltadas por una activa propaganda a favor de la anticoncepción y el aborto”. El Pontífice también habla del medio ambiente y advierte que “con una explotación desconsiderada de la naturaleza”, el hombre “corre el riesgo de destruirla y ser a su vez víctima de esa degradación”.

Citando el compromiso social y político, Pablo VI invita al cristiano a no adherirse “a sistemas ideológicos que se oponen radicalmente o en puntos sustanciales a su fe y a su concepción del hombre”: ni a la ideología marxista, a su materialismo ateo, a su dialéctica de la violencia y al modo en que reabsorbe la libertad individual en la colectividad, negando al mismo tiempo toda trascendencia al hombre y a su historia, personal y colectiva; ni a la ideología liberal que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a todo límite, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder”.

Finalmente, en el pasaje tal vez más recordado del documento, el Papa se expresa a favor de la pluralidad de opciones políticas para el cristiano, sin comprometer su adhesión a los principios evangélicos: “En situaciones concretas y teniendo en cuenta la solidaridad vivida por cada uno, debe reconocerse una legítima variedad de opciones posibles. Una misma fe cristiana puede llevar a compromisos diferentes”.

Dos días después de la publicación de la Octogesima adveniens, el domingo 16 de mayo, Pablo VI presidía una Misa en San Pedro para celebrar el aniversario de la encíclica de León XIII, calificando la palabra de su predecesor de “liberadora y profética”.

La homilía representó la ocasión para explicar las razones de la doctrina social de la Iglesia: “¿Por qué habló el Papa? ¿Tenía derecho? ¿Tenía la competencia? Sí, respondemos, porque tenía el deber. Aquí se trataría de justificar esta intervención de la Iglesia y del Papa en las cuestiones sociales, que son por su naturaleza cuestiones temporales, cuestiones de esta tierra, de las que parece exceder la competencia de quien toma su razón de ser de Cristo, que declaró que su reino no es de este mundo”.

Pero, “mirando más de cerca – continuaba Pablo VI – no se trataba para el Papa del reino de este mundo, digamos simplemente de la política o de la economía; se trataba de los hombres que componen este reino, se trataba de los criterios de sabiduría y de justicia que también deben inspirarlo; y, en este sentido, la voz del Papa, que se hacía abogado de los pobres, obligados a seguir siendo pobres en el proceso generador de la nueva riqueza, abogado de los humildes y de los explotados, no era otra cosa que el eco de la voz de Cristo, que se hizo centro de todos los afligidos y oprimidos para consolarlos y redimirlos; y que quiso proclamar bienaventurados a los pobres y hambrientos de justicia, y que también quiso personificarse en todo ser humano, pequeño, débil, sufriente, desgraciado, asumiendo sobre sí la deuda de una inmensa recompensa para todo aquel que tuviera corazón y remedio para toda clase de miseria humana”.

De ello se deriva, añadía el Obispo de Roma, “un derecho-deber del Papa, que representa a Cristo, y de toda la Iglesia, que es también el Cuerpo místico de Cristo, es más, de todo auténtico cristiano, declarado hermano de todo hombre, de ocuparse, de hacer todo lo posible por el bien de su prójimo; un derecho-deber tanto más fuerte y urgente cuanto más grave y lamentable es la condición del prójimo necesitado”.

“Y quiere decir aún – concluía Pablo VI–  que la Iglesia, en sus ministros y en sus miembros, es la aliada por vocación nativa de la humanidad indigente y paciente; porque la salvación de todos es su misión, y porque todos necesitan ser salvados; pero su preferencia es por quien tiene necesidad, incluso en el ámbito temporal, de ser ayudado y defendido. La necesidad humana es el título principal de su amor”.

Homilía de Pablo VI en San Pedro del domingo 16 de mayo de 1971

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08 mayo 2021, 14:30