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s. Francisca romana, fundadora de las Oblatas de Tor de’ Specchi

s. Francesca romana, Antoniazzo Romano s. Francesca romana, Antoniazzo Romano 

Una túnica tosca, de color verde oscuro, camina entre las callejuelas de una Roma huérfana de su antigua majestad. Que pasa rápidamente entre los pedazos de muros casi derruidos que despuntan por aquí y allá como dientes podridos, a lo largo de calles donde una vez brillaba la gloria de iglesias y residencias y ahora, a inicios del Cuatrocientos, anida la miseria más fétida. La vestimenta pobre desentona con el garbo de quien la porta, una mujer de unos treinta años, hermosa sin ser llamativa, elegante sin ser distante. Porque de esto se trata: de una noble romana, mujer de Lorenzo, joven de una prestigiosa familia. La mujer se llama Francisca Bussa in Ponziani y su “original” comportamiento suscita el escándalo de los señores y la habladuría feroz de las matronas, marcada como traidora del propio rango.

 

La Residencia de los pobres

 

Sí, porque, despreocupada por las habladurías, y con aquella gracia que conquista a todos, Francisca no solo ha transformado la residencia de Trastevere donde vive en una “central” de socorro para los pobres – también el pordiosero más miserable sabe que en la casa de los Ponziani encontrará un pedazo de pan y un vaso de vino, ropa decente, alguna moneda – llegando a extender personalmente la mano a la salida de las iglesias, o a tocar a las puertas de los nobles pares suyos para pedir limosna en lugar de quien se avergonzaba de hacerlo. Ante esta, su energía anti convencional, se rinden también sus familiares. Cuando por ejemplo su suegro, exasperado por los frecuentes “retiros” en favor de los mendigos, le quita las llaves de las despensas y vacía el granero de familia, algunos días después donde no había quedado nada, hay nuevamente quintales de excelente grano, sin que nadie lo haya vuelto a comprar.

 

La nobleza es otra cosa

 

Francisca es una mujer diversamente rica, diversamente noble. Rica, es más, desbordante de piedad, que se acuerda de cualquiera que haya sido olvidado, que trata a hombres y mujeres de la servidumbre como si fuesen sus hermanos y hermanas – lo testimoniarán ellos mismos. Y noble sin que un pedazo de seda o una joya subrayen esa condición (es más, ella las ha vendido todas para saciar y curar). Su alegría no tintinea en un cofre escondido, visible solo para pocos, sino que se encuentra en un corazón totalmente abierto a todos, día y noche, como el portón de su casa, porque a Jesús no se le despide con las manos vacías cuando viene a pedir vestido como un pobre.

 

“La Santa de Roma”

 

Francisca, convertida muy joven en esposa y madre, es muy afectuosa con el marido y con los tres hijos, dos de los cuales pierde prematuramente. Cuando era una muchacha soñaba con la consagración. Si bien el matrimonio es fruto de uno de aquellos clásicos acuerdos de la época entre familias bien posicionadas, encuentra en esa forma de vivir su rol sin ahogar el llamado al servicio, que le viene de una fe inervada por la oración y robustecida, como se usaba en aquel tiempo, por una serie de penitencias físicas. Han sido documentados asaltos demoníacos contra su persona, llenos de violencia y golpes, y también muchas señales y curaciones extraordinarias a la par de la caridad de “Ceccolella”, como es llamada por todas partes. En 1436, viuda, Francisca se retira al monasterio donde viven las “Oblatas de la Santísima Virgen” comunidad por ella fundada. Y cuando muere el 9 de marzo de 1440, durante tres días la gente se pone en fila para saludar conmovida a aquella que todos llamaban ya la “Santa de Roma”.