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s. Inés, virgen y mártir

s. Inés, Puccio Capanna s. Inés, Puccio Capanna 

“Pura”, “casta”. Esto significa en griego el nombre Inés. Por lo tanto para los históricos es un sobrenombre el que identifica a una de las mártires más veneradas de la Iglesia. Estamos en el 304, en el torbellino del odio anticristiano desatado por el emperador Diocleciano (si bien algún estudioso coloca la circunstancia durante la persecución de Valeriano, 40 años antes). De Inés no se conoce nada a parte de su pasión, cuyas informaciones, no siempre unívocas, están diseminadas en varios documentos posteriores al martirio.

El odio y la gracia

La tradición cuenta sobre un amor no correspondido, aquel del hijo del Prefecto de Roma hacia Inés que, con solo trece años, no pretende ligarse al noble. La joven ha hecho voto de castidad a Cristo y cuando el Prefecto lo sabe se desencadena la represalia: Inés deberá entrar en el círculo de las vestales que rinden culto a la diosa protectora de Roma. La muchacha rechaza y la venganza se hace más cruel, pasando del templo al prostíbulo, con la exposición de la joven entre las prostitutas en Piazza Navona. Los relatos hagiográficos cuentan cómo Inés, en virtud de una protección superior, logra -también en aquella situación- custodiar su propia pureza.

Como un cordero

El odio contra ella  aumenta en una espiral creciente. La muchacha es condenada a la hoguera, pero las llamas ni siquiera logran rozarla y entonces un golpe de espada a la garganta le quita la vida. La iconografía representa a Inés siempre con un cordero a su lado porque el suyo es el mismo destino reservado entonces a los pequeños ovinos. Y cada 21 de enero, fiesta litúrgica de la Santa, una pareja de corderos criados por las hermanas de la Sagrada Familia de Nazaret, es bendecida. Con su lana, las religiosas confeccionan los sacros palios que el Papa impone a los nuevos arzobispos metropolitanos el 29 de junio de cada año.

Virtud superior a la naturaleza

Los restos de Santa Inés son custodiados en una urna de plata comisionada por Pablo V, colocada en el interior de la homónima Basílica sobre la Via Nomentana, hecha construir por la princesa Constantina, hija del emperador Constantino I, sobre las catacumbas en las cuales fue sepultado el cuerpo de la joven.  De ella escribió San Ambrosio: “Su consagración es superior a la edad, su virtud superior a la naturaleza: de tal manera que su nombre parece no haberle venido de elección humana, sino ser predicción del martirio, un anuncio de aquello que ella debía ser”.