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El Santo Padre Francisco saluda a los fieles desde la ventana del Palacio Apostólico El Santo Padre Francisco saluda a los fieles desde la ventana del Palacio Apostólico 

El Papa en el Ángelus: “El sueño de Dios para el hombre es hacerlo partícipe de su vida de Amor”

“Dios, que es Amor, nos ha creado para hacernos partícipes de su vida divina”, lo dijo el Papa Francisco antes de rezar la oración mariana del Ángelus del último domingo de octubre de 2017.
Síntesis de las palabras del Papa a la hora del Ángelus

“Nosotros hemos sido creados para amar y ser amados. Dios, que es Amor, nos ha creado para hacernos partícipes de su vida, para ser amados por Él y para amarlo, y para amar con Él a todas las personas”, lo dijo el Papa Francisco antes de rezar la oración mariana del Ángelus del último domingo de octubre.

En su alocución del Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario, el Santo Padre señaló que, este es el sueño de Dios para el hombre. Y para realizarlo tenemos necesidad de su gracia, necesitamos recibir en nosotros la capacidad de amar que proviene de Dios mismo.

Comentando el pasaje evangélico que la liturgia presenta este domingo, el Obispo de Roma resaltó la importancia de la Ley de Moisés y cómo algunos fariseos se reunieron para poner a prueba a Jesús. “Uno de ellos, un doctor de la Ley, le dirige esta pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?». Es una pregunta insidiosa – afirmó el Pontífice – porque en la Ley de Moisés son mencionados más de seiscientos preceptos”. ¿Cómo distinguir, entre todos estos preceptos – se preguntó el Papa – el mandamiento más grande?

La respuesta de Jesús es clara, señaló el Sucesor de Pedro, Él no tiene duda alguna y responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu». Y agrega: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Esta respuesta de Jesús nos recuerda que los diez Mandamientos, comunicados directamente por Dios a Moisés, eran la condición del pacto de alianza con el pueblo. Con esta respuesta, agregó, Jesús quiere hacer entender que sin el amor a Dios y al prójimo no existe verdadera fidelidad a esta alianza con el Señor.

La respuesta de Jesús a esos fariseos, puntualizó el Papa Francisco, nos recuerda que, “de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”. Y que Jesús ha vivido justamente así su vida: predicando y obrando lo que verdaderamente cuenta y es esencial, es decir, el amor. Ya que el amor, señaló el Pontífice, da impulso y fecundidad a la vida y al camino de fe: sin el amor, la vida y la fe se quedan estériles.

Antes de concluir su discurso, el Papa Francisco subrayó que en esta página evangélica encontramos un ideal estupendo, que corresponde al deseo más auténtico de nuestro corazón. De hecho, agregó el Papa, nosotros hemos sido creados para amar y ser amados. Y para realizar este ideal tenemos necesidad de la gracia de Dios, necesitamos recibir en nosotros la capacidad de amar que proviene de Dios mismo. Y ¿Dónde encontramos esta gracia, se pregunta el Obispo de Roma? En Jesús, que se ofrece a nosotros en la Eucaristía justamente por esto. “En ella – en la Eucaristía precisó el Pontífice – nosotros recibimos su Cuerpo y su Sangre, es decir, recibimos a Jesús en la expresión máxima de su amor, cuando Él se ofreció a sí mismo al Padre por nuestra salvación”.

Voz del Papa a la hora del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Este domingo la liturgia nos presenta un pasaje evangélico breve, pero muy importante (Cfr. Mt 22,34-40). El evangelista Mateo narra que los fariseos se reunieron para poner a prueba a Jesús. Uno de ellos, un doctor de la Ley, le dirige esta pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?» (v. 36). Es una pregunta insidiosa, porque en la Ley de Moisés son mencionados más de seiscientos preceptos. ¿Cómo distinguir, entre todos estos, el mandamiento más grande? Pero Jesús no tiene duda alguna y responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu». Y agrega: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (vv. 37.39).

Esta respuesta de Jesús no es presupuesta, porque, entre los múltiples preceptos de la ley hebrea, los más importantes eran los diez Mandamientos, comunicados directamente por Dios a Moisés, como condición del pacto de alianza con el pueblo. Pero Jesús quiere hacer entender que sin el amor por Dios y por el prójimo no existe verdadera fidelidad a esta alianza con el Señor. Tú puedes hacer tantas cosas buenas, cumplir tantos preceptos, tantas cosas buenas, pero si tú no tienes amor, esto no sirve.

Lo confirma otro texto del Libro del Éxodo, llamado “código de la alianza”, donde se dice que no se puede estar en la Alianza con el Señor y maltratar a quienes gozan de su protección. ¿Y quiénes son estos que gozan de la protección? Dice la Biblia: la viuda, el huérfano, el migrante, es decir, las personas más solas e indefensas (Cfr. Ex 22,20-21).

Respondiendo a esos fariseos que lo habían interrogado, Jesús trata también de ayudarlos a poner en orden en su religiosidad, para restablecer lo que verdaderamente cuenta y lo que es menos importante. Dice: «De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40). Son los más importantes, y los demás dependen de estos dos. Y Jesús ha vivido justamente así su vida: predicando y obrando lo que verdaderamente cuenta y es esencial, es decir, el amor. El amor da impulso y fecundidad a la vida y al camino de fe: sin el amor, sea la vida, sea la fe permanecen estériles.

Lo que Jesús propone en esta página evangélica es un ideal estupendo, que corresponde al deseo más auténtico de nuestro corazón. De hecho, nosotros hemos sido creados para amar y ser amados. Dios, que es Amor, nos ha creado para hacernos partícipes de su vida, para ser amados por Él y para amarlo, y para amar con Él a todas las personas. Este es el “sueño” de Dios para el hombre. Y para realizarlo tenemos necesidad de su gracia, necesitamos recibir en nosotros la capacidad de amar que proviene de Dios mismo. Jesús se ofrece a nosotros en la Eucaristía justamente por esto. En ella nosotros recibimos su Cuerpo y su Sangre, es decir, recibimos a Jesús en la expresión máxima de su amor, cuando Él se ofreció a sí mismo al Padre por nuestra salvación.

La Virgen Santa nos ayude a acoger en nuestra vida el “gran mandamiento” del amor a Dios y al prójimo. De hecho, si incluso lo conocemos desde cuando éramos niños, no terminaremos jamás de convertirnos a ello y de ponerlo en práctica en las diversas situaciones en las cuales nos encontramos.

Traducción del italiano: Renato Martinez

29 octubre 2017, 13:37