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Vatican News

Hna. María Luisa Maduell: Tiempo de ser para los demás

Hace 45 años la Hermana María Luisa Maduell dejó todo para seguir a Cristo y se unió a la congregación de las Hermanas de Jesús, una vocación que la llevó desde España hasta el vicariato apostólico de Yurimaguas, en la Amazonia peruana. “Dios conduce todo para el bien de los que lo aman”. Testimonio.

Por: María Luisa Maduell, misionera de Jesús en el Vicariato de Yurimaguas

Hace años, regresando de una comunidad en canoa a remo, un bote a motor nos hizo voltear. Tres misioneras caímos al río. Y cuando estuve en el agua, miré a mis compañeras aterradas. Nadando contra corriente lo más rápido que pude, empujé a una hacia una quiruma y a otra a la orilla de la quebrada, mientras yo peleaba para que la corriente no me hiciera entrar a una muyuna (remolino). Mi recuerdo de ese momento es un bullir de ruidos, temores, fortalezas, miedo, inseguridad.

Algo así ha sucedido en este tiempo

Primer momento. A la calma y alegría del inicio de año, animados por el Documento Final del Sínodo de la Amazonía y por la “Querida Amazonía”, el virus nos ha revolcado a su gusto, creando miedos, dudas, incertidumbres y búsquedas. Y nos ha sorprendido la solidaridad evangélica, el profetismo valiente y el coraje samaritano de tantos y tantos. Nos han sorprendido países, autoridades, personas de a pie.

Aún recuerdo la emoción que sentí cuando unos amazónicos de comunidades alejadas me llamaron y me dijeron, a principios de abril: “Hemos oído que en la ciudad hay un virus que mata a la gente. Y tal vez el hambre les puede también matar. Queremos llevar víveres: plátano, yuca, limones y eso quizás les levantará el ánimo. ¿Estará bien nuestra idea?”. Sin comentarios, sin palabras.

Segundo momento. A partir de ahí, ha sido ir comprendiendo la situación, ir viendo que se acercaba el coronavirus al interior del país y al final, a la selva. Y hoy, cuando escribo estas letras, acabo de saber que ya está en las comunidades del Cachiyaco y del Paranapura la pandemia.

Lo que va sucediendo en una y otra parte, lo sabemos ya y no voy a detallarlo. Solo les comparto que en este tiempo, la Palabra de Dios que nos ha acompañado, desde ese Jueves Santo en el que Jesús nos invitaba a compartir el pan, dándonos ejemplo, hasta hoy, diciendo que nos enviará su Espíritu y que debemos dejar de mirar al cielo, mi fe y mis ganas de “ser para los demás”, ha ido creciendo y profundizándose en mí.

Para los misioneros, esta situación tan fuerte nos ha unido al Señor, sin duda, y a los hermanos. Viendo los gestos que se dan en uno y otro lugar de la Amazonía, me quedo maravillada, animada y convencida de que el Señor nos envía en comunidad.

Tercer momento. Hemos reaccionado diciendo, ¿qué nos toca hacer, ¿cómo acompañar y vivir?

Muchos estamos dedicándonos a organizar “algo” para los pueblos: educación, capacitación en tema del Covid, capacitación en manejo de medicinas Anti-Covid, nuevo manejo de la agricultura familiar, manejo de medios virtuales. Otros, estamos apoyando las iniciativas de dirigentes de los pueblos, de las municipalidades distritales o de los centros poblados, para encontrar la forma de detener el avance del coronavirus. Muchos también, estamos viendo cómo seguiremos la Pastoral de las Parroquias, las catequesis, etc.

Hay misioneros enfocados a estudiar y reflexionar esta pandemia desde la Fe: ¿Cómo ayudar a nuestros hermanos a comprender los signos de los tiempos para que podamos unirnos en la conversión ecológica a la que nos llamó el Papa y nos llama esta pandemia?

En todos estos campos, en los que me he metido un poco este tiempo, en todos he encontrado a misioneros entregados, con una preparación y dedicación impresionante.

Y en el bullicio del agua del río, y con el miedo por dentro de que la corriente nos lleve a la muyuna, estas realidades me están dando valor, fortaleza, ánimo y decisión para seguir en el empeño.

Una nueva forma de vivir

A futuro, considero urgente trabajar con las comunidades una nueva forma de vivir para ser más responsables con la naturaleza. Los hermanos de pueblos originarios no han deforestado, no están en minería ilegal ni legal, pero han dejado entrar, a cambio de muy poco; no hubo el acuerdo comunitario, la comprensión clara en todos, de lo nefasto de vender un palo o dos o tres…Y eso hemos de trabajarlo, comprendiendo la necesidad y buscando medios para superar la pobreza desde otro enfoque.

Y hemos de buscar juntos, alternativas para enfrentar y cambiar los elementos de corrupción, engaño, violencia que han salido tan a flote con esta emergencia. Es cosa de todos. Viendo tantos brotes solidarios que han surgido, viendo cuánta fe hay en muchos peruanos, creo que sí podremos cambiar, entre todos, nuestra sociedad. Porque todos estamos sufriendo e indignándonos por la codicia, avaricia y mentira que ha salido a flote. Algo increíble. Pero también, nos estamos uniendo con lazos solidarios, con encuentros fraternos bellos, fortalecedores, ricos en ternura y coraje.

Esta pandemia nos abre las puertas. Tendremos muchos elementos para poder dirigir nuestros empeños a una vida más amiga de la naturaleza, más hermana; para recordar siempre que somos parte del monte y del río y hemos de ser siempre hermanos y amigos de todos. Y que todo está, ¡interconectado!

El Dios de la Vida nos brinda su amor y la certeza de su apoyo, ¡hasta el fin de los tiempos!

Ese futuro ya está iniciándose. Los promotores comunales de salud que ayudaron a los pueblos en la década del 90, cuando el paludismo mataba a pueblos enteros, hoy está de pie, listo para volver a formar una red de vida.

Los dirigentes que de verdad aman a sus pueblos, quieren el bien común, creen en la riqueza de la Amazonía, están apoyando a los de la ciudad para que puedan sostenerse, ¡a cambio de nada!, a pesar de ser pobres, muy pobres económicamente.

Los profesionales que se han visto a cambiar de estrategia en sus trabajos, están aprendiendo nuevas formas de educar, de acompañar hacia los conocimientos.

Las familias, obligadas a convivir, han descubierto la riqueza de estar juntos, de perdonarse y abrazarse.

Y no son “palabras”, les digo de verdad, ¡es experiencia! Por eso y porque Dios conduce todo para el bien de los que le aman, ¡sé que saldremos adelante y brotará una nueva forma de vida, una nueva tierra llena de armonía y paz para todos!

Fuente: redpanamazónica.org

31 mayo 2020, 10:08