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 Roberto Ábalos en misión Roberto Ábalos en misión 

No me acostumbro a ser misionero virtual

Me falta y añoro la mochila. Me falta el lodo, los resbalones y las caídas. Me falta el sabor de la yuca y el masato en comunal compañía. No nos hemos aburrido este medio año de confinamiento, incluso podemos caer en la tentación de acostumbrarnos a él, pero nos ha faltado el oxígeno de nuestra selva.

Roberto Ábalos – Misionero dominico en Koribeni (Cusco)

Estos seis meses de pandemia están siendo también muy duros para Perú que lamenta 700.000 infectados y llora a más de 50.000 fallecidos por el Coronavirus y, lejos de llegar a la meseta, sigue en escalada mortal. Dentro de esas cifras son muchos los que pertenecen a nuestra Amazonía y puestos de misión, tras el colapso de hospitales en Lima. Hemos asistido al éxodo de decenas de miles de compatriotas que han sido literalmente expulsados de la gran ciudad, de la Lima monstruosa a la que acudieron en pro de una vida mejor y se encontraron en el infierno. Ahora han regresado a sus lugares de origen, dejando atrás la evidencia de que no fue su mejor elección ir a engrosar el monstruo de la ciudad capital donde las mayorías luchan a diario por el único fin de la supervivencia familiar. Esta realidad está gritando por una atención al campesinado y unas ciudades más humanas. Hay que invertir mucho más en el campo y los campesinos, asegurándoles una vida digna.

Pero esta dramática situación de cuarentena tan prolongada también nos ha proporcionado una buena oportunidad para la reflexión y hacer bueno el refrán de que “el hambre agudiza el ingenio”. Pocas veces en tan poco tiempo se ha producido semejante exuberancia de reflexiones y escritos sobre el pasado, el presente y el porvenir de la Casa Común. Este tiempo de coronavirus ha desatado una corriente impetuosa de solidaridad, de generosidad y riesgo por aliviar tanto dolor. Ha sido la sociedad civil la que ha actuado antes y con mucha mayor eficacia ante la pandemia y la que ha puesto el mayor número de víctimas, de auténticos héroes en la Patria. Las autoridades están demasiado atadas al sillón, al interés particular y político, a la burocracia y los medios de comunicación. Se han cerrado las puertas de los colegios, iglesias, centros de recreación… pero se han abierto las puertas del corazón y las vetas del ingenio solidario.

Como dominicos misioneros, nos ha estimulado volver a la primera parte de nuestra identidad dominicana: “Contemplata aliiis tradere” y cargar nuestras mochilas de renovado espíritu comunitario. Menos tiempo para decir y mucho más tiempo para escuchar. Hemos sosegado a Marta e imitado a María. A los ministros de la Palabra nos cuesta mucho estar callados. Estos meses hemos incrementado considerablemente la interrelación entre hermanos de misión. La liturgia compartida y tiempos de reflexión personal y comunitaria. Prepararnos la comida. Hasta desempolvar el parchís.

Asimismo hemos tenido tiempo para repasar nuestra propia historia, releer y reescribir la huella centenaria de los dominicos en esta Amazonía. Hemos tenido tiempo de contemplar también las muchas imágenes de los lugares y gentes con las que hemos convivido a lo largo de nuestra vida y misiones. Hemos levantado nuestra memoria ante rostros tan queridos que nos han transmitido una tormenta espléndida de recuerdos y sensaciones. Muchos de ellos ya no están, pero siguen bien vivos en nuestra memoria y en nuestro corazón y sabemos que esa energía de amor no se destruye y nos envuelve y acompaña. La mantenemos viva y nos mantiene.

En este tiempo doloroso, se han vuelto a abrir las venas de nuestra Amazonía y ya corre por ella el maldito virus, como en otros tiempos lo hizo el vicio de la codicia por el oro, la madera, el petróleo, el gas, el desgarro de la madreselva y las entrañas abiertas de sus criaturas. Es dolorosamente paradógico que los hijos de la selva que se han ocupado en liberar de veneno a todo el planeta, estén muriendo ahora por ausencia de un balón de oxígeno.

El misionero dominico lleva más de una década acompañando al pueblo matsigenka, luego de otra larga experiencia en Guatemala. Esta imagen es de sus primeros años en la Amazonía Peruana. Foto: R. Abalos

Esta cuarentena nos está obligando a ver el mundo en forma virtual, a través de pantallitas cada vez más pequeñas y en planos alejados de la vida que hasta ahora captábamos por todos los sentidos y poros de nuestro organismo planetario: celebraciones litúrgicas virtuales, conferencias virtuales, educación virtual, paisajes virtuales, saludos y despedidas definitivas también virtuales. Corremos el peligro de acostumbrarnos a esta vida virtual.

No hemos resistido la santa tentación de huir de lo virtual y acudir a paliar en lo posible las penas de nuestros hermanos, extendiendo la generosidad de los aportes recibidos desde España y otros lugares del mundo en alimentos, compra de una planta de oxígeno, repartiendo concentradores y balones del preciado y saludable gas, adecuando espacios de cuarentena con camas, por todas las postas que atienden a nuestros nativos y que está librando de la muerte a muchos. Hemos repartido también por todo el ámbito de nuestra misión medicinas y útiles de aseo y prevención. Desde aquí nuestro agradecimiento a todos.

En estos seis meses de cuarentena por este bichito que parece vengarse del gran depredador natural, el resto de seres del planeta han recuperado en parte su esplendor: el agua es más cristalina y los peces surcan más alegres, el verdor de la selva resplandece y destaca su variedad de arco iris, el viento más puro facilita el vuelo de las aves que planean y cantan más ligero, el sol desata los auténticos colores del amanecer y el ocaso y los ojos de las estrellas de un firmamento más cercano en que moran y miran nuestros antepasados, iluminan con más fuerza nuestras vidas.

Sin salir de nuestra casa misión, el jardín ha resucitado y nos visitan a diario muchas criaturas. Así nos acompañan en el rezo de laudes, los manacaracos, jilgueros, loros, paucares, carpinteros y colibríes, con variados cantos, suaves, altos y alborotados y, en la hora de vísperas, las cigarras  con sus desgarradores chillidos cual sirenas apocalípticas  que preludian el ocaso. Cuando anochece sale la raposilla con sus crías a cuestas atravesando por la alfombra sonora tejida de hojas secas y con sus ojos incandescentes, nos miran como si fuéramos los ocupas de su dominio. Las grandes avispas han abultado su abdomen, alargado y afilado su temible aguijón. Todos se han asentado, incluso anidado, en los árboles de nuestra misión: en los bananos, mangos, naranjos, papayas, limones, paltas, limas, amonas, caimitos y ciruelas, que nos están arruinando la cosecha, pero nos compensan con sus trinos y alegrías. Hasta las gallinas de las vecinas se están adueñando de nuestra misión: ponen el huevo en su casa y vienen a comer y cantar a la nuestra. Pero no llegan las palomas mensajeras que nos traigan noticias de las comunidades alejadas y podamos poner en sus patitas nuestras cuitas.

No nos hemos aburrido este medio año de confinamiento, incluso podemos caer en la tentación de acostumbrarnos a él; pero aunque no hemos contraído, por ahora, el virus, nos ha faltado el oxígeno de nuestra selva: Me falta y añoro la mochila. Me falta el oxígeno del aire libre de la montaña y del agua de los ríos cristalinos. Me falta la hierofanía de Tasorintsi en las cascadas del Pongo de Mainique. Me falta la caricia y a veces el ramalazo de la lluvia sobre el rostro. Me falta el tropiezo en el camino y el reto de la víbora enfrentada. Me falta el sabor de la adrenalina cuando el río embravecido hace naufragar nuestra balsa. Me falta en la epidermis la huella punzante del zancudo, el isango y la isula. Me falta el aroma de la selva: de la flor del café y otros azahares. Me falta el cansancio y el sudor que libera toxinas. Me faltan las largas caminatas que ponen en plena función las neuronas cerebrales. Me falta el ramalazo del árbol que extiende sus brazos en brutal saludo. Me faltan las tormentas colosales que incendian el firmamento de energía y tiembla la tierra estremecida. Me falta el lodo, los resbalones y las caídas. Me falta oler el dolor que no es virtual. Me falta el calor y candor del abrazo de las criaturas. Me faltan los gritos, susurros y llantos en modo tierra y selva. Me faltan las noches a la intemperie contemplando Kashiri, cortejada de infinitas estrellas en un cercano cielo. Me falta el sabor de la yuca y el masato en comunal compañía. Me faltan los rostros y sonrisas de inocentes y angelicales criaturas. Me falta el calor del pankochi junto al fuego donde se desgranan mitos y leyendas.

Si me falta todo eso, no sé qué decir, no sé qué escribir, no sé qué celebrar… No me acostumbro a ser misionero virtual.

05 octubre 2020, 13:39