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Becciu: Padre Moscoso, apóstol del coraje

Un sacerdote lleno de entrega y valentía, inspirado por el incansable celo evangelizador: así es como el Cardenal Angelo Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, presenta en su homilía al jesuita Emilio Moscoso, que hoy se eleva al honor de los altares de Ecuador.

Roberta Barbi – Ciudad del Vaticano

"Estamos afligidos pero no aplastados: trastornados pero no desesperados; perseguidos pero no abandonados”. Con estas palabras del Cardenal Angelo Becciu comienza la homilía de la ceremonia de beatificación del Padre Emilio Moscoso, un nuevo ejemplo de mártir asesinado por odio a la fe cristiana el 4 de mayo de 1897 en la casa de los jesuitas de Riobamba, Ecuador.   

El martirio: deseo de identificarse con Jesús

Era querido por todos el padre Moscoso, "por sus hermanos y por el pueblo, así como por los sacerdotes de la diócesis y por el obispo". Era un "apóstol generoso, dócil, manso y dispuesto al sacrificio": y es precisamente de su sacrificio de donde parte el purpurado para presentar la luz de esta figura al mundo. "El suyo era un ardiente deseo de identificarse con Jesús, incluso en su muerte -afirma-, hasta el punto de asociar su sacrificio al de Cristo en la cruz". 

El contexto histórico: la ideología anticristiana

Fueron años dramáticos para la Iglesia local, los de finales del siglo XIX en Ecuador, cuando el gobierno liberal, influenciado por ideologías anticristianas, adoptó numerosas medidas anticristianas. "El cierre de los seminarios menores, las restricciones a la enseñanza, el control de las parroquias -relata el Prefecto-, la expropiación de los conventos, la detención de los religiosos e incluso la abolición del Concordato con la Santa Sede". Todo esto, no es de extrañar que condujera al saqueo de la residencia de los jesuitas con el grito "Mueran los frailes, muera Cristo".

Seguir a Cristo, como San Ignacio

"El que ama su vida, la perderá; mas el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para vida eterna”. Como recuerda el Cardenal Becciu, el Padre Moscoso tiene en mente esta enseñanza de Jesús y la hace tanto suya "en la oración intensa, en la entrega incansable al ministerio sacerdotal y en el servicio al prójimo, al punto de no excluir la posibilidad de tener que ofrecer su vida imitando radicalmente a Cristo y aceptando el martirio". Tímido y pacífico sí, pero también coherente y responsable, hasta el final.

La sangre que hace fértil a la tierra

Permaneciendo en su lugar a pesar de poder huir, el padre Moscoso siguió "el ejemplo de Jesús del grano de trigo que había caído al suelo poniendo en práctica el carisma de San Ignacio de Loyola", fundador de los jesuitas, continúa el cardenal. Y este fruto no es sólo el "intenso trabajo para la formación de las nuevas generaciones" que hizo en vida o "el admirable ejemplo de humildad y obediencia" que fue para todos sus alumnos, tanto como lo que sucedió después y gracias a su muerte. "El Instituto de los Franciscanos de María Inmaculada fue fundado con el objetivo preciso de reparar las graves profanaciones y su asesinato -añade- y es uno de los primeros y fecundos frutos del martirio del Padre Emilio". "Siempre en su memoria, en Cuenca, cuna del ‘mártir de la Eucaristía’, como allí es llamado, fue dedicada a la adoración perpetua la iglesia del Santo Cenáculo".

"No nos improvisamos mártires”

"El martirio es el fruto de una fe enraizada en Dios y vivida día a día -concluye el cardenal- que pide coherencia, valentía y una intensa capacidad de amar a Dios y al prójimo con el don de sí mismo". Esta es la receta particular seguida por el nuevo Beato: "docilidad a la voluntad de Dios; apego a la Palabra como guía de nuestras acciones; elección de María como modelo de vida; devoción a la Eucaristía como lugar privilegiado para saborear la presencia del Señor en medio de su pueblo".

16 noviembre 2019, 17:28