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Un sínodo para los pueblos indígenas: cultura, pastoral y eucaristía

El doctor en teología pastoral, Pablo Mora SJ, en esta segunda parte, continúa profundizando en tres temas que están presentes en el corazón del territorio amazónico: relación con la cultura, trabajo pastoral y le eucaristía, y de esta manera quiere contribuir a la reflexión de los padres sinodales.

Pablo Mora

En la Parte I de este artículo, Pablo Mora se detuvo en la relación intercultural y en la inculturación vista desde el misionerio y desde la comunidad, y el rol que estos elementos juegan en el proceso de evangelización. También reflexionó sobre por qué una "Pastoral de Visita" no ayuda a una pastoral sustentable en la Amazonía.

Frente a esta limitación ahora debemos buscar nuevas formas de ministerios, con osadía y sin miedo, que nos ayuden a encarar los nuevos desafíos de esta región especial. La Iglesia misionera en la Amazonía espera propuestas “valientes” de este Sínodo Panamazónico.[1]

En Parte II aborda la necesidad de una “Pastoral de Presencia” enraizada en la Eucaristía en las comunidades indígenas y pueblos ribereños lejanos. Y como lo verá el lector, lo hace fijándose en un personaje humilde y anónimo que nos recuerda al “siervo fiel” del evangelio (Cf. Mateo 25:23): el Catequista. Este “rostro amazónico” y “rostro indígena” de la Iglesia[2] podría guiarnos por nuevas sendas de evangelización.

Hacia una “Pastoral de Presencia” centrada en la Eucaristía

La pastoral de visita en la región amazónica, lo hemos visto, tiene sus límites. En el Instrumentum Laboris se insiste en la necesidad de una “pastoral de presencia.”[3] Se trata de un nuevo tipo de pastoral que acogería la presencia de ministros nativos ordenados que viven dentro la misma comunidad para que puedan presidir la eucaristía en ella.

La presencia frecuente del  sacramento de la eucaristía en estas comunidades es fundamental no sólo para  “hablar” de la Iglesia en la Amazonía, sino también para “edificar” la Iglesia en la Amazonía[4], hacer cercano y presente a Cristo en toda la Amazonía.

La Iglesia es el Pueblo de Dios y el Pueblo de Dios es un pueblo sacerdotal, que necesita alabar, ofrecer y consagrarse como pueblo santo de Dios.  Y la eucaristía hace posible esto de una manera especial y singular. Cuando estamos reunidos en el banquete pascual, la Iglesia como un solo cuerpo se reúne con su cabeza que es Cristo. En la eucaristía, Cristo alimenta a la Iglesia, su esposa y la renueva por acción del Espíritu Santo en la fe, en la esperanza, en el amor.

Pero esta experiencia eclesial ya es ajena desde hace mucho tiempo en las comunidades indígenas y en los pueblos más remotos. Debemos estar convencidos que la “Pastoral de Visita” no es la solución más indicada para una labor pastoral con las comunidades indígenas más lejanas y su rol debe ser re-formulado.  No se puede hacer un acompañamiento de la comunidad y menos fortalecerla con el sacerdote que viene de fuera una vez al año para celebrar la eucaristía.

La Eucaristía y la animación cristiana en la fe, desde el principio, siempre han estado unidos en la tradición de la Iglesia Católica. Después de la resurrección de Jesús, los primeros cristianos ya se reunían en las casas para “partir el pan.”[5] La predicación siempre estuvo acompañada del testimonio de una comunidad  cristiana “eucarística” desde sus orígenes. Aunque “la fe viene del oír,” (Cf. Rom.10, 17), la Eucaristèia era celebrada por aquellos que habían recibido el don de la fe.

Desde la tradición católica, el proceso normal del crecimiento y maduración de la fe en una comunidad cristiana no se da si la predicación no está acompañada al mismo tiempo de la oportunidad de poder celebrar esa fe en la eucaristía.

Cuando Jesús decía: “El Reino de Dios está en medio de ustedes” (Cf. Lc. 17, 21) refería a sus discípulos no un lugar específico sino a su persona que estaba en medio de ellos; el reino de Dios estaba ahí, presente  en medio de sus discípulos en la persona de Jesús, como lo está ahora en la celebración de la eucaristía. Es una presencia tangible con la cual Jesús nos ofrece vida abundante todos los días hasta el fin del mundo (Cf. Jn 10, 10b; Mt 28, 20)

Y por eso, debemos preguntarnos, en este contexto especial de la región amazónica, si no ha llegado ya el momento de que las comunidades ribereñas e indígenas más lejanas puedan, en forma frecuente, celebrar su fe en la eucaristía, y presidida por uno de los suyos.

Como Iglesia, ya no podemos contentarnos “llevando a Jesús” sacramentalmente sólo por unos días al año, con una “pastoral de visita,” a las comunidades indígenas y ribereñas. En la “pastoral de presencia,” Jesús no sólo “visita” a la comunidad, sino que se queda con ellos. Él tiende su tienda, su “tapiri”, entre ellos, dondequiera que se encuentren estas comunidades. Aquí ellos pueden encontrarlo frecuentemente en la Eucaristía, acompañándolos en su soledad, en su lejanía, en sus sufrimientos y en sus luchas.

“Amazonizar” la celebración de la Eucaristía por fuera …y por dentro

El celo apostólico del misionero, el deseo que las poblaciones amazónicas sientan la cercanía del Dios que les ama, se traduce, también, en el deseo de “amazonizar” o dar un sabor más local a las capillas, a su interior y a lo que se usa para las celebraciones. Así, buscan que todos estos lugares donde se celebran las liturgias puedan identificarse más con la cultura local, ya sea usando materiales del bosque, adornando las capillas con pinturas o imágenes nativas, o buscando otras posibilidades. En todo esto hay un intento de cambiar las celebraciones desde fuera.

Tal vez estemos ahora en un momento propicio para nuevos cambios, desde dentro, como el de poder asistir a una celebración de la eucaristía presidida por personas nativas del lugar, en que aquellos que asisten a las celebraciones vean realmente a uno de los suyos celebrar la eucaristía. Así, todos estos intentos positivos de “amazonizar” las celebraciones no se quede solo en una adaptación externa sino también transforme lo que es esencial. Así, las capillas de las comunidades no solamente tienen adornos nativos sino una persona nativa con un “rostro amazónico y rostro indígena”, que representa a Cristo “partiendo el pan” para esta comunidad.

Eucaristía y aspectos culturales en la Amazonía

Hablar de la Eucaristía es hablar de lo más precioso que tiene la Iglesia porque nos habla del Amor de Dios en Cristo haciéndose presente y vivo en ella en forma especialísima. La celebración de la Eucaristía nos invita a redescubrir como el «Señor, en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia» (LS 236)[6]

El amor de Dios es un amor encarnado y esta encarnación en la  humanidad pasa por la cultura concreta en la que se desenvuelve.[7] La Eucaristía no es realmente ajena a la cultura amazónica y si ésta la ha aceptado desde el principio como la han portado los primeros y sucesivos misioneros, es porque la gente ha visto en ella algo esencial que favorece su propia identidad. Ahora, con la falta de sacerdotes, con la crisis de vocaciones y, por consiguiente, con la imposibilidad de la eucaristía frecuente en las comunidades más alejadas, nos preguntamos si ha llegado la hora de acortar o anular las “distancias geográficas” aceptando las “distancias culturales”.  Y por eso, quiero detenerme en dos aspectos culturales que tienen relación con la posibilidad de ministros ordenados nativos.

 

              

El ser colectivo es más importante que el individuo

Desde la perspectiva de una comunidad aborigen, toda gran iniciativa o decisión que afecta a la comunidad debe pasar necesaria y obligatoriamente por el escrutinio en las reuniones o asambleas de los miembros de dicha comunidad. Esto es muy natural en ellos, donde en realidad el ser o identidad colectivos predomina sobre el ser o identidad individual. Esto puede afectar inclusive, como ya está demostrado en varias comunidades amazónicas, el rechazo de tal o cual grupo religioso si el consentimiento colectivo no lo respalda. En muchas comunidades la rotación entre los líderes o autoridades de la comunidad, muestran también que la comunidad es siempre la máxima autoridad.

La autoridad o el liderazgo de la comunidad recae naturalmente en aquél que pueda servir mejor a la comunidad en las circunstancias particulares en la que se encuentra. Siempre será el que tiene una familia, y que ha sido probado en su desempeño con anteriores responsabilidades comunitarias, y que tiene una cierta experiencia de trato con personas que son de fuera de la comunidad. Tener un cargo de autoridad en la comunidad no es un gran favor; al contrario, como el principal deber del elegido es el bien de la comunidad, esto implica invertir mucho tiempo buscando resolver las demandas y necesidades de la comunidad. Aunque estos cargos no son remunerados, traen un prestigio futuro que constituye la verdadera riqueza personal en la comunidad.

 

La visión del celibato en las comunidades

Desde la perspectiva de una comunidad indígena (y no sólo de ellos), es difícil entender que el sacerdote sea célibe y en realidad esto importa poco. (De hecho, le preocupa más un sacerdote ambicioso y apegado al dinero.) Son muy pragmáticos de lo que quieren del sacerdote: que bautice, que celebre la misa, que sientan un pastor que los visita y anima en su fe y en sus luchas.[8] Pero hurgando un poco más sobre lo que ellos piensan de este tema, ellos simplemente no creen que un hombre adulto pueda ser célibe y no tener una familia e hijos. En muchas comunidades indígenas, un hombre sin la compañía de una mujer es considerado un hombre incompleto y que no ha llegado a la “madurez". Esta cosmovisión da a entender una mentalidad de lo dual, opuesto y complementario, y que en el caso del hombre y la mujer, la complementariedad de éstos en diferentes niveles de la vida familiar, interacción social y trabajo, son una realidad necesaria, simple y sin muchas explicaciones.

Así entendemos por qué los ritos de iniciación a la vida adulta, que llevan pronto al matrimonio indígena, se dan desde muy temprano en la adolescencia[9]. Más bien, el celibato les habla de una cosa extraña a lo que es la vida social y corre el riesgo de verse al sacerdote como una persona con ciertos poderes, como lo pueden ser el curandero o el brujo, ligado a su función religiosa. En culturas donde la brujería es considerada una fuerza real y poderosa, esto podría ser causa de confusión y malentendidos. En conclusión, para ellos el celibato es muy difícil de asimilar.       

Los Catequistas: posibles futuros ministros ordenados de la comunidad

 Los misioneros, con el celo pastoral y la creatividad que les caracteriza, han intentado vencer el gran desafío entre sus cortas visitas esporádicas (“pastoral de visita”) y sus largas ausencias (falta de “pastoral de presencia”) por medio de una formación de laicos y laicas de la comunidad, como parte de una pastoral indígena en las parroquias de los vicariatos apostólicos de la Amazonía. Estos laicos y laicas son llamados “catequistas”, “animadores de la fe”, “servidores”, etc.

 Los catequistas son una de las mayores consolaciones pastorales de los párrocos o religiosos misioneros de las comunidades. Y con razón, porque ellos son el vínculo entre la parroquia y las comunidades; son los que hacen lo posible que la mecha prendida de la fe, ya moribunda, no se apague en sus comunidades. Se esfuerzan de cubrir el gran vacío de la pastoral en la región amazónica.

 Entre otros trabajos que hacen, convocan a la comunidad para las celebraciones dominicales, preparan a los candidatos a recibir los sacramentos de iniciación, visitan a los enfermos para rezar con ellos, acompañan a las familias en los funerales de sus difuntos, etc. Son los mejores candidatos para tomar la posta en esta carrera hacia la supervivencia de comunidades cristianas en muchos pueblos indígenas, esta vez como ministros ordenados de la eucaristía.

 Estos catequistas, laicos y laicas nativos, de edad media o más avanzada, han sido siempre, ante la ausencia del sacerdote, la referencia espiritual de sus propias comunidades de fe, en medio de varios desafíos, incluso la falta de acompañamiento por parte de los párrocos, por diferentes motivos. Son fieles a su vocación aun cuando tienen una formación entrecortada por las distancias, las enfermedades, por los compromisos propios con sus familias o con los trabajos que demanda su propia comunidad, etc.

Un desafío que merece una atención especial es la relación a veces no fácil con otros grupos evangélicos o sectarios, donde sus pastores, predicadores de la Palabra, son laicos como ellos. Sin embargo, a diferencia de ellos, el catequista, parecería ejercer un ministerio que a los ojos de la comunidad es “incompleto,” un tanto devaluado, porque es limitado solo a la liturgia de la palabra. La gran asistencia de la gente a la capilla sólo se da cuando viene el sacerdote, “el padrecito” y por el contrario se nota la ausencia de gran parte de la comunidad cristiana cuando el sacerdote ya no está allí. Desde otro punto de vista, esto ilustra y reafirma la importancia única de la Eucaristía en la identidad católica. [10]

 A pesar de todo, muchos catequistas siguen perseverando, porque tienen un deseo y una vocación de servicio probada.  Su influencia moral en muchos casos va más allá de la comunidad cristiana, y por eso son buenos líderes y candidatos a los cargos de gobierno dentro de su misma comunidad asumiendo el rol, por ejemplo, como intermediarios entre la comunidad y el gobierno regional. Los catequistas adultos casados son muy apreciados y respetados en su comunidad por su vocación de servicio, por el amor a la Palabra de Dios, por ser buenos líderes espirituales, por la preparación que tienen y por el deseo constante de alimentar su fe. ¿No son éstas las personas más idóneas entre las que encontrar buenos candidatos para ejercer el sacerdocio ministerial en sus comunidades?

 Es importante recalcar que no se parte de cero en este deseo de pensar en posibles sacerdotes nativos. En las comunidades lejanas indígenas o ribereñas, el nuevo ministerio de la Eucaristía encontraría una tierra ya abonada por la presencia, de estos catequistas o animadores de la fe gracias al trabajo de los misioneros de muchos años en la Amazonía. Por esta razón, debemos ver con optimismo las ventajas que traerían estos sacerdotes nativos para la misión de la Iglesia en la región amazónica. “Se trata de indígenas que prediquen a indígenas desde un profundo conocimiento de su cultura y de su lengua, capaces de comunicar el mensaje con la fuerza y eficacia de quien tiene su bagaje cultural”[11]

Además, si inculturar el evangelio en la Panamazonía implica también incorporar en su afán evangelizador una visión de ecología integral, nadie mejor que ellos pueden liderar a sus comunidades en ese deseo de la Iglesia hoy. Ellos son los habitantes de la Amazonía, el rostro indígena de la Iglesia, y que desde siempre han sido los mejores guardianes de la naturaleza. Ellos tienen un enfoque de la vida y cosmovisión, que intentamos recuperar, la de una vida y un mundo integrados y conectados en sus diferentes dimensiones. Es una cosmovisión que la resumen como el "buen vivir”[12] y que va de la mano con una perspectiva de ecología integral a la que todos nosotros estamos llamados a vivir.

Conclusión: La “Pastoral de presencia” reconfigura la “Pastoral de Visita”

La “Pastoral de visita” llevada a cabo generalmente por religiosos y religiosas desde el inicio de la evangelización seguirá teniendo una gran importancia para el trabajo pastoral en la región panamazónica[13].   Como lo dijo el Papa en una oportunidad: “La Iglesia no está en la Amazonía como quien tiene hechas las maletas para marcharse después de haberla explotado todo lo que ha podido. La Iglesia está presente en la Amazonía desde el principio con misioneros, congregaciones religiosas, sacerdotes, laicos y obispos y todavía hoy está presente y es determinante para el futuro de la zona.”.[14]

La celebración de la Eucaristía en la Amazonía es todavía presidida en gran parte por sacerdotes diocesanos o religiosos que son de otros continentes, o países no amazónicos o de regiones diferentes de la Amazonía. Todos ellos realizan la “pastoral de visita” que implica la responsabilidad de visitar a comunidades indígenas o ribereñas que se encuentran dentro del vasto territorio de sus parroquias.

Pero, como ya lo hemos visto, la pastoral de visita tiene sus limitaciones y sólo debería complementar aquella pastoral que se ve como esencial para estos pueblos lejanos. Esta pastoral es llamada “pastoral de presencia,” la cual exige la presencia de ministros nativos de las comunidades que puedan presidir la celebración de la Eucaristía. Esto marcaría el inicio de una nueva etapa de evangelización en la región amazónica, donde se iniciaría una época primaveral en la pastoral indígena y de pueblos ribereños.

La “pastoral de visita” dejaría su rol de “ambulancia” que atiende al paciente moribundo o a la comunidad cristiana que se encuentra actualmente en una situación crítica en estos pueblos. Seguiría siendo un ministerio itinerante, pero asumiendo el papel de coordinación, de refuerzo en la formación de los nuevos ministros ordenados, de apoyo en proyectos comunes y se convertiría esencialmente en un puente pastoral entre las comunidades, las parroquias y los obispos de los vicariatos pastorales o diócesis.

Sin lugar a dudas, esto daría una inyección de energía en el celo pastoral y entusiasmo de los misioneros y congregaciones religiosas, puesto que el limitado trabajo de formación que realizan actualmente con los nativos del lugar, queda sumergido en muchas dudas por las circunstancias difíciles de la pastoral en comunidades remotas.

Con el establecimiento de una “Pastoral de Presencia” los misioneros sabrán, en sus viajes a las comunidades lejanas de la región amazónica, que estará esperándoles una Iglesia más de acuerdo con lo que la Iglesia debería ser en todas partes:  una comunidad que se reúne alrededor de su Señor en la Eucaristía y que quiere presidirla en esta región con un rostro amazónico e indígena.  

 

[1] Cf. Documento Preparatorio del Sínodo para la Amazonía, n.14

[2] Discurso del Papa Francisco a los pueblos amazónicos, Puerto Maldonado 19 de Enero de 2018

[3] Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral. Instrumentum Laboris, Librería Editrice Vaticana, 2019, pag. 110, n. 128

[4] Cf. Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral. Instrumentum Laboris, Librera Eidtrice Vaticana, 2019, p.106, n.126 c: “‘La Iglesia vive de la Eucaristía’ y la Eucaristía edifica la Iglesia.”

[5] Cf. Hech 2, 42;  Hech 20, 11; 1 Cor 10, 16-17; 1 Cor 11, 33-34

[6] Documento Preparatorio del Sínodo para la Amazonía, n.10

[7] “La inculturación es un componente de la Encarnación” , Juan Pablo II, 27 Abril de 1979. En: “Cultura y Religiosidad Popular”, Cardenal Jorge Mario Bergoglio, SJ., 19 de Enero 2008

[8] Está demás decir que el testimonio del misionero debe estar de acorde con el mensaje que proclama.

[9] Es el caso por ejemplo del “rito de la pelazón” de jóvenes adolescentes en las comunidades indígenas Ticuna.

[10] En la Eucaristía “la liturgia de la palabra y la eucarística, están tan íntimamente unidas que constituyen un solo acto de culto” . En: Sacrosantum concilium sobre la  liturgia, n.56

[11] Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral. Instrumentum Laboris, Librería Editrice Vaticana, 2019, pág. 110, n. 129, a)1.

[12] Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral. Instrumentum Laboris, Librería Editrice Vaticana, 2019, pág. 18, n.13; p.22, n.18; pág.26, n. 24, etc.

[13]  Ocho países:Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Guyana, Suriname y una región de ultramar, Guyana Francesa.

[14] Papa Francisco, Discurso al Episcopado brasileño, Río de Janeiro, 27 de Julio de 2013

15 octubre 2019, 18:14