La Ascensión de Jesús al Padre
Vatican News
Ascension

La Ascensión de Jesús al Padre

El Evangelio de Marcos termina con la narración de la Ascensión de Jesús al Padre. Este evento histórico es celebrado como una solemnidad litúrgica común a todas las Iglesias cristianas el cuadragésimo día después de la Pascua de Resurrección. San Juan Crisóstomo y San Agustín ya hablan de ello. Pero una de las influencias decisivas para su difusión se debe probablemente a San Gregorio de Nisa. Como este día cae en jueves, en muchos países la solemnidad se ha trasladado al domingo siguiente. Con la Ascensión de Jesús al Padre se concluye la presencia del "Cristo histórico" e inicia el tiempo de las comunidades cristianas que dan testimonio del Mesías muerto, resucitado y glorificado.

Del Evangelio según Marcos 16, 15-20
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. Éstos son los milagros que acompañarán a los que hayan creído: arrojarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos quedarán sanos”. El Señor Jesús, después de hablarles, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían.

Una nueva orientación

Jesús ha inaugurado el Reino de Dios. Jesús se ha despedido de los suyos y ha regresado al Padre. La misión de Jesús de anunciar y de instaurar el Reino de Dios es también la misión de todos sus discípulos. Por eso, para nosotros esto representa la gozosa garantía de que ahora nos corresponde trabajar para extender este Reino. Jesús no ha venido para darnos un nuevo modo de vida desencarnado, sino un nuevo modo de vida humanizada y divinizada que debe encontrar su orientación y su meta: transformando y santificando las cosas de la tierra caminamos hacia el Padre, en modo tal que todo, incluso los momentos más difíciles y contradictorios de la vida adquieran un nuevo valor y significado.

Como Él, nosotros también

Si ciertamente la Ascensión es el cumplimiento triunfal de la vida terrena de Jesús, ella también se nos presenta como un faro que ilumina el misterio de nuestra vida cuando nos sugiere esta otra verdad: así como Él subió al cielo para ser glorificado a la derecha del Padre, también nuestra vocación humana mira a esta "ascensión", a este retorno al Padre. Toda la creación, recuerda San Pablo, "espera con impaciencia... entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (8,19-20). La Ascensión al Padre de la sagrada humanidad de Cristo resucitado nos ayuda a superar aquel dualismo maniqueo que proponía nuestra corporeidad como si fuera un obstáculo en nuestro camino para llegar al Padre. Al contrario, todo lo que somos y hacemos puede ser transfigurado en una "ofrenda pura y agradable a Dios" que colabora a la construcción de la Civilización del Amor.

Una nueva forma existencia

El texto de los Hechos nos ha ofrecido las coordenadas teológico-espirituales para entender el misterio que celebramos. Jesús "ha sido llevado" -dice el texto de Hechos 1,11-, resaltando que la acción es de Dios; y que la nube que "lo apartó de sus ojos" (v. 9) alude a la imagen de la nube en el Sinaí (Ex 24,15), a la nube sobre la tienda de la alianza (Ex 33,9), y la nube en el monte de la Transfiguración (Mc 9,7). La Asunción de Jesús al Padre no es, pues, una "separación", sino una nueva modalidad de vida: esto explica por qué los discípulos "se llenaron de alegría" (Lc 24,52) pues gracias a Jesús, muerto, resucitado y ahora glorificado por el Padre, se abrieron de par en par las puertas del cielo, de la vida eterna. Por tanto, la "nube de fe" que envuelve nuestra vida no debe ser un obstáculo, sino el camino a través del cual podremos tener una experiencia más viva y verdadera de Jesús, animados por la certeza de que si Él ha resucitado y ha sido exaltado a la derecha del Padre, también nosotros estamos llamados a la misma suerte, en cuanto que Él es la primicia de muchos hermanos (cf. 1 Co 15,20).

Iglesia “en salida”

Consiguientemente, la espera del último día no hemos de vivirla en la ociosidad, ni tampoco en la intimidad de nuestra propia casa, sino que, según el mandato de Jesús, la espera tenemos que acompañarla con el compromiso de anunciar y extender activamente el Reino de Dios, hasta los extremos de la tierra: "Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo... y seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra" (Hch 1,7 ss), confortados con la promesa de Jesús: "Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,19), hasta cuando Jesús regresará y aparecerá plenamente como nuestro Dios, el Dios-con-nosotros (cf. Ex 3,12), el Emmanuel (Mt 1,23; Is 7,14). Y aunque sus discípulos no seamos del todo fieles, lo más importante es que la fidelidad de Dios nunca nos abandonará: por eso el camino de las comunidades y de todo discípulo de Jesús glorificado está siempre abierto a nuevas perspectivas y posibilidades, ya que nada es imposible para Dios.

16 mayo
Descubre las Fiestas Litúrgicas >